Entrevista a Armando Fumagalli, profesor y director de un master de guiones en Milan (Italia), Agencia Zenit miercoles 25 de abril de 2007
¿Qué hacen los cristianos en Hollywood? Es lo que explica un libro con testimonios y reflexiones provenientes de la «capital» del cine. Publicado primero en inglés y ahora en italiano, «Cristiani a Hollywood», de Spencer Lewerenz y Barbara Nicolosi (Edizioni Ares), muestra cómo se vive la fe en el competitivo y duro mundo del cine. Según Armando Fumagalli -responsable de la edición italiana del volumen-, «los cristianos, como cualquier otro profesional, deben tener la humildad y la paciencia de aprender de los mejores» y buscar los niveles de excelencia que superen la «buena voluntad».
¿Qué hacen los cristianos en Hollywood? ¿Contribuyen a mejorar los niveles cinematográficos?
Diría que antes de preguntarse si contribuyen a mejorar los niveles, hay que decir que actualmente los cristianos practicantes y convencidos en primer lugar son pocos. Hablamos de Hollywood porque los productos que nacen allí van a todo el mundo. Pero la presencia de cristianos en el cine europeo es todavía más escasa que en Hollywood.
Luego, como siempre, entre los cristianos están aquellos más o menos capaces, más o menos preparados, etcétera. Pero la cuestión interesante es, por una parte: ¿cómo es que en los últimos decenios ha habido tan pocos? Y todavía más interesante, como ha hecho Barbara Nicolosi, es tratar de hacer que personas de fe se preparen seriamente, con niveles profesionales muy altos, para poder trabajar en este ambiente tan competitivo y exigente, para llevar una voz más al diálogo entre las diversas culturas y las diferentes visiones del mundo que hay en el cine y la televisión.
No basta con tener buenas intenciones; hay que ser excelentes profesionales. También a mí, como a Barbara Nicolosi, me sucede con cierta frecuencia leer obras para el cine escritas con las mejores intenciones, pero con un nivel profesional todavía muy bajo. Los cristianos, como cualquier otro profesional, deben tener la humildad y la paciencia de aprender de los mejores.
¿Hay mucha diferencia en la industria del cine entre los católicos y los cristianos de otras denominaciones?
Uno de los aspectos que me ha impresionado más, cuando leí el libro en la versión estadounidense, es el sentido de espontánea unidad entre los cristianos de diversas denominaciones y confesiones que trabajan en la industria cinematográfica.
Frente a un mundo lejano a Dios, al que devolver una dimensión espiritual y una esperanza ultraterrena, las diferencias de confesión cristiana desaparecen naturalmente. El libro me pareció enseguida también un bellísimo ejemplo de ecumenismo «vivido».
Pero debo decir también que –en los ensayos de los autores protestantes- se advierte la falta de referencias doctrinales seguras sobre algunas cuestiones éticas importantes: no tienen un magisterio oficial, o al menos no lo tienen con la claridad con la que lo tenemos los católicos.
Sentí una gran compasión por personas que tan seriamente y con tan gran motivación quieren hacer el bien. Y una vez más he vuelto a considerar el gran tesoro que tenemos los católicos en la guía del Magisterio.
¿Por qué los Estados Unidos, país «profundamente religioso», como dice usted en el libro, nos ofrece tantas películas de sangre y violencia?
En parte es una cuestión que depende de su cultura. Se trata de un país civilizado desde hace pocos siglos, y durante muchos decenios de su historia ha sido una especie de tierra de nadie en el que la ley del más fuerte era a menudo la que prevalecía. No debemos dejarnos encantar por la imagen idílica a menudo transmitida también por el cine. En los años ‘60, en algunos Estados de la Unión se toleraban todavía los linchamientos de negros, sólo por poner un pequeño ejemplo.
La fe cristiana (pero también el cine, estoy convencido) ha sido y será un elemento de educación y de transformación hacia una sociedad menos violenta. Esta cultura ruda en parte se ha reflejado y se refleja todavía hoy en el cine estadounidense, que tolera más la violencia que el cine europeo. Pero no hay que olvidar que mientras bastante a menudo el cine europeo es de raíz nihilista y atea, en le cine americano quedan todavía -al menos en algunas películas cada año- en modo significativo rendijas de espiritualidad, y muy a menudo –al menos desde el punto de vista humano- las soluciones que se dan a los dilemas de los personajes están arraigadas en una antropología equilibrada y humanista, que conserva fuertes elementos de sus raíces judeocristianas. Pienso no sólo en las películas de inspiración incluso indirectamente religiosa, como «El señor de los anillos» o «Las crónicas de Narnia», sino también en películas como «El show de Truman», «Tienes un e-mail», «Hombre de familia», «Al otro lado del mundo», «Especialista en ligues», «El hombre que no se dejó tumbar», «La intérprete» y muchas más.
Por poner otro ejemplo, que me es muy querido, todos los filmes de «Pixar» («Toy Story», «Nemo», «Los increíbles», «Cars», etcétera) son casos muy interesantes de cintas de enorme éxito y con contenidos humanos excelentes.
¿Por qué acusamos a Hollywood de ser responsable de nuestros males cotidianos? Por una parte porque es verdad que el cine y las series de televisión, que son los productos audiovisuales más difundidos en todo el mundo, tienen mucha importancia para presentar y difundir modelos de vida; por otra, sin embargo, no hay que olvidar que es responsabilidad de todos lograr que este ambiente profesional que tiene tan amplia resonancia en todo el mundo sea objeto de la oración y también del empeño laboral directo, de hombres y mujeres que se preocupen por la persona y su destino eterno. Así que no basta con culpar a Hollywood de nuestros males: cada uno de preguntarse si puede hacer algo para mejorar la situación.
Aviso
A partir del 21 de julio de 2008 las noticias nuevas sólo aparecerán en la web www.sacerdotesyseminaristas.org
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domingo, 6 de mayo de 2007
Muchos renuncian a pensar para evitarse conflictos:
Artículo de Jaime Nubiola, profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra, en la Gaceta de los Negocios, martes 1 de mayo de 2007
No es infrecuente escuchar que la culpa de los males que en el siglo XX han afligido a la humanidad se encuentra en la filosofía moderna, sea por el individualismo de Descartes, el colectivismo de Marx o el nihilismo de Nietzsche. Quienes hacen afirmaciones así suelen añadir que el problema más grave del momento presente es que la cultura ha adoptado una mala filosofía, un sistema erróneo de pensamiento. Esta posición resulta relativamente cómoda, pues traslada la solución de los problemas al trabajo de unos especialistas, los filósofos, que son quienes deberían proporcionar las soluciones, mientras que se estima que el individuo de a pie, lamentablemente no puede hacer nada.
Sin embargo, esta manera de enfocar las cosas, de considerar que hay filosofías buenas y malas como si fueran mantelerías de fiesta o de diario, colonias de lujo o a granel, no es la mejor manera de abordar esta cuestión crucial. No es que no sepamos lo que nos pasa, como decía Ortega, ni tampoco que pensemos mal o que hayamos optado por una mala filosofía. Lo que nos pasa es más bien que en nuestra sociedad se ha renunciado a pensar. Quien se para un momento a reflexionar advierte de inmediato que en la aldea global cualquier forma de pensamiento libre y creativo ha caído víctima del ensordecedor ruido general. Aquello que escribió Pascal de que «toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse a solas en su habitación» es ahora más verdad que nunca. Pensar es difícil. No proporciona una gratificación instantánea como la mayor parte de las cosas que consumen los jóvenes. Quien piensa es considerado a menudo como un ser extraño, como un extraterrestre.
Precisamente somos los filósofos quienes tenemos como profesión recordar a la humanidad que no se puede vivir sin pensar, que no podemos trasladar nuestras decisiones a otros, sean las modas, las mayorías o la tradición. Sócrates, el primero de los filósofos, se veía a sí mismo como un tábano puesto sobre su ciudad, Atenas, para que no se amodorrara. Su tarea era enseñar a pensar con libertad. «Más vale padecer el mal que cometerlo», decía, y afirmaciones como ésta le llevaron a ser condenado a muerte. Posiblemente nunca ha estado de moda pensar.
La conflictividad es un rasgo inevitable de la convivencia humana en todos sus niveles: desde la familia hasta la comunidad internacional, pasando por la comunidad de vecinos, la organización profesional o, por supuesto, el Parlamento de una sociedad democrática. Muchos renuncian a pensar precisamente para evitarse conflictos: basta con hacer lo que hace la mayoría. «Lo hacen todos» es el argumento moral definitivo en favor de una posición cualquiera porque nos exime de pensar. Cuando en mi infancia usaba yo este argumento ante mi madre, ella siempre me respondía con enorme convicción «¿si todos se tiraran por la ventana, tú te tirarías?». Ante esa pregunta, yo me asomaba tímidamente a la ventana para mirar, «por si acaso» —decía—, pero sólo llegué a entender la fuerza de su argumento muchos años después.
Lo importante era la convicción de mi madre y quizá se encuentre en ella el origen de mi vocación filosófica. Sólo vale la pena dialogar —como ha escrito Rhonheimer— «donde las convicciones se toman en serio, como expresión de la convicción subjetiva de que la propia convicción corresponde a la verdad». Mi madre me daba sus razones porque estaba convencida de la verdad de su posición, pero sobre todo porque quería enseñarme a pensar por mi cuenta. Transferir las decisiones personales a «lo que hacen todos» equivale a tirarse por la ventana, esto es, a dejar de pensar.
No es infrecuente escuchar que la culpa de los males que en el siglo XX han afligido a la humanidad se encuentra en la filosofía moderna, sea por el individualismo de Descartes, el colectivismo de Marx o el nihilismo de Nietzsche. Quienes hacen afirmaciones así suelen añadir que el problema más grave del momento presente es que la cultura ha adoptado una mala filosofía, un sistema erróneo de pensamiento. Esta posición resulta relativamente cómoda, pues traslada la solución de los problemas al trabajo de unos especialistas, los filósofos, que son quienes deberían proporcionar las soluciones, mientras que se estima que el individuo de a pie, lamentablemente no puede hacer nada.
Sin embargo, esta manera de enfocar las cosas, de considerar que hay filosofías buenas y malas como si fueran mantelerías de fiesta o de diario, colonias de lujo o a granel, no es la mejor manera de abordar esta cuestión crucial. No es que no sepamos lo que nos pasa, como decía Ortega, ni tampoco que pensemos mal o que hayamos optado por una mala filosofía. Lo que nos pasa es más bien que en nuestra sociedad se ha renunciado a pensar. Quien se para un momento a reflexionar advierte de inmediato que en la aldea global cualquier forma de pensamiento libre y creativo ha caído víctima del ensordecedor ruido general. Aquello que escribió Pascal de que «toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber quedarse a solas en su habitación» es ahora más verdad que nunca. Pensar es difícil. No proporciona una gratificación instantánea como la mayor parte de las cosas que consumen los jóvenes. Quien piensa es considerado a menudo como un ser extraño, como un extraterrestre.
Precisamente somos los filósofos quienes tenemos como profesión recordar a la humanidad que no se puede vivir sin pensar, que no podemos trasladar nuestras decisiones a otros, sean las modas, las mayorías o la tradición. Sócrates, el primero de los filósofos, se veía a sí mismo como un tábano puesto sobre su ciudad, Atenas, para que no se amodorrara. Su tarea era enseñar a pensar con libertad. «Más vale padecer el mal que cometerlo», decía, y afirmaciones como ésta le llevaron a ser condenado a muerte. Posiblemente nunca ha estado de moda pensar.
La conflictividad es un rasgo inevitable de la convivencia humana en todos sus niveles: desde la familia hasta la comunidad internacional, pasando por la comunidad de vecinos, la organización profesional o, por supuesto, el Parlamento de una sociedad democrática. Muchos renuncian a pensar precisamente para evitarse conflictos: basta con hacer lo que hace la mayoría. «Lo hacen todos» es el argumento moral definitivo en favor de una posición cualquiera porque nos exime de pensar. Cuando en mi infancia usaba yo este argumento ante mi madre, ella siempre me respondía con enorme convicción «¿si todos se tiraran por la ventana, tú te tirarías?». Ante esa pregunta, yo me asomaba tímidamente a la ventana para mirar, «por si acaso» —decía—, pero sólo llegué a entender la fuerza de su argumento muchos años después.
Lo importante era la convicción de mi madre y quizá se encuentre en ella el origen de mi vocación filosófica. Sólo vale la pena dialogar —como ha escrito Rhonheimer— «donde las convicciones se toman en serio, como expresión de la convicción subjetiva de que la propia convicción corresponde a la verdad». Mi madre me daba sus razones porque estaba convencida de la verdad de su posición, pero sobre todo porque quería enseñarme a pensar por mi cuenta. Transferir las decisiones personales a «lo que hacen todos» equivale a tirarse por la ventana, esto es, a dejar de pensar.
Dos corrupciones de la verdadera felicidad
Artículo de Rafael Navarro-Valls, catedrático de derecho en la universidad complutense, en la Gaceta de los Negocios, viernes 27 de abril de 2007
El laicismo radical es un instrumento diseñado para imponer una “filosofía” beligerante contra el factor religioso
La característica más sorprendente del nuevo laicismo radical es su tendencia a sustituir la vieja teocracia por ideocracias. Estas son especies de religiones incompletas, sin Dios y sin vida después de la muerte, pero que quieren ocupar en las almas de los ciudadanos el lugar de una fe que entienden desaparecida o en trance de serlo. De ahí los intentos, por ejemplo, de diseñar unas Navidades laicas o en sustituir las celebraciones cristianas (bautismo, primeras comuniones, matrimonios, etc.) por celebraciones “civiles”. Su objetivo es desencadenar un proceso nuevo “fundamentalismo”, esta vez orientado a una “purificación social”, que arroja los valores morales o religiosos fuera del ámbito de lo público.
La verdadera laicidad es algo positivo —de ahí su belleza— que garantiza un espacio de neutralidad en el que germina el principio de libertad religiosa y de libertad de conciencia. El laicisimo radical, al contrario, es un simple instrumento diseñado para imponer una “filosofía” beligerante contra el factor religioso por la vía legislativa.
Es un error de cálculo del laicismo pensar que la religión está hoy out y el agnosticismo in. Fue el mismo error en que 1os analistas cayeron respecto a los países del Este, antes de la caída del muro. La verdad es que en el siglo XX los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al gobierno colonial y contribuyeron a llegada de la democracia en muchos países del Tercer Mundo. La religión movilizó millones de personas que se opusieron a regímenes autoritarios y apoyaron pacíficas transiciones democráticas. Sin olvidar su verdadera función en política que, como se ha dicho, es “convencer a los que tienen el poder de que están aquí hoy y no lo estarán mañana, y que son responsables ante los de abajo y también ante “El de arriba”.
Las arremetidas del laicismo tienen además un efecto negativo en el tejido social, que comienza a debilitarse con el chantaje de “lo políticamente correcto”. Uno de esos efectos es que entre las personas religiosas comienza a insinuarse lo que se ha llamado el “antimercantilismo moral”. Es decir, una especie de temor, por parte de 1as Iglesias y sus adeptos, a entrar en el juego de la libre concurrencia de 1as ideas y los valores morales. Miedo que esconde una desesperanza con respecto a la fuerza atractiva de lo que cada uno tiene por bueno.
Al convertirse en una premisa del Estado o, mejor, del aparato ideológico que lo soporta, la idea de que sólo es presentable en la sociedad una religiosidad light, dispuesta transigir en sus creencias, las personas que mantienen convicciones religiosas profundamente arraigadas inmediatamente son marcadas con la sospecha de la intolerancia, es decir, con el estigma de un latente peligro social. Sospecha que les lleva con demasiada frecuencia a esa posición que Tocqueville llamaba la “enfermedad del absentismo”, por la que el hombre se repliega sobre él mismo encerrándose en su torre de marfil, ajeno e indiferente a las ambiciones, incertidumbres y perplejidades de sus contemporáneos, mientras la gran sociedad sigue su curso. De este modo, ciudadanos sólidamente religiosos que podrían aportar muchas cosas al torrente circulatorio de 1ª sociedad quedan marginados de la vida política y social.
No deja de tener razón Michael Burleigh cuando, después de estudiar rigurosamente el fenómeno, concluye: “Dado que en 1a historia del laicismo europeo hay períodos oscuros, incluido un genocidio cometido en nombre de la Razón, quizá las personas religiosas deberían mostrarse menos a la defensiva de lo que suelen frente a los ataques de algunos laicistas radicales”.
El laicismo radical es un instrumento diseñado para imponer una “filosofía” beligerante contra el factor religioso
La característica más sorprendente del nuevo laicismo radical es su tendencia a sustituir la vieja teocracia por ideocracias. Estas son especies de religiones incompletas, sin Dios y sin vida después de la muerte, pero que quieren ocupar en las almas de los ciudadanos el lugar de una fe que entienden desaparecida o en trance de serlo. De ahí los intentos, por ejemplo, de diseñar unas Navidades laicas o en sustituir las celebraciones cristianas (bautismo, primeras comuniones, matrimonios, etc.) por celebraciones “civiles”. Su objetivo es desencadenar un proceso nuevo “fundamentalismo”, esta vez orientado a una “purificación social”, que arroja los valores morales o religiosos fuera del ámbito de lo público.
La verdadera laicidad es algo positivo —de ahí su belleza— que garantiza un espacio de neutralidad en el que germina el principio de libertad religiosa y de libertad de conciencia. El laicisimo radical, al contrario, es un simple instrumento diseñado para imponer una “filosofía” beligerante contra el factor religioso por la vía legislativa.
Es un error de cálculo del laicismo pensar que la religión está hoy out y el agnosticismo in. Fue el mismo error en que 1os analistas cayeron respecto a los países del Este, antes de la caída del muro. La verdad es que en el siglo XX los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al gobierno colonial y contribuyeron a llegada de la democracia en muchos países del Tercer Mundo. La religión movilizó millones de personas que se opusieron a regímenes autoritarios y apoyaron pacíficas transiciones democráticas. Sin olvidar su verdadera función en política que, como se ha dicho, es “convencer a los que tienen el poder de que están aquí hoy y no lo estarán mañana, y que son responsables ante los de abajo y también ante “El de arriba”.
Las arremetidas del laicismo tienen además un efecto negativo en el tejido social, que comienza a debilitarse con el chantaje de “lo políticamente correcto”. Uno de esos efectos es que entre las personas religiosas comienza a insinuarse lo que se ha llamado el “antimercantilismo moral”. Es decir, una especie de temor, por parte de 1as Iglesias y sus adeptos, a entrar en el juego de la libre concurrencia de 1as ideas y los valores morales. Miedo que esconde una desesperanza con respecto a la fuerza atractiva de lo que cada uno tiene por bueno.
Al convertirse en una premisa del Estado o, mejor, del aparato ideológico que lo soporta, la idea de que sólo es presentable en la sociedad una religiosidad light, dispuesta transigir en sus creencias, las personas que mantienen convicciones religiosas profundamente arraigadas inmediatamente son marcadas con la sospecha de la intolerancia, es decir, con el estigma de un latente peligro social. Sospecha que les lleva con demasiada frecuencia a esa posición que Tocqueville llamaba la “enfermedad del absentismo”, por la que el hombre se repliega sobre él mismo encerrándose en su torre de marfil, ajeno e indiferente a las ambiciones, incertidumbres y perplejidades de sus contemporáneos, mientras la gran sociedad sigue su curso. De este modo, ciudadanos sólidamente religiosos que podrían aportar muchas cosas al torrente circulatorio de 1ª sociedad quedan marginados de la vida política y social.
No deja de tener razón Michael Burleigh cuando, después de estudiar rigurosamente el fenómeno, concluye: “Dado que en 1a historia del laicismo europeo hay períodos oscuros, incluido un genocidio cometido en nombre de la Razón, quizá las personas religiosas deberían mostrarse menos a la defensiva de lo que suelen frente a los ataques de algunos laicistas radicales”.
Los costes sociales del descuido a la familia
Agencia zenit, domingo 22 de abril de 2007
El matrimonio y la familia en Gran Bretaña han caído de forma dramática en los últimos tiempos y una de las causas es la política del gobierno. Esta es la tesis de Patricia Morgan, en un estudio de política titulado: «The War between the State and the Family: How Government Divides and Impoverishes» (La Guerra entre el Estados y la Familia: Cómo el Gobierno Divide y Empobrece). El estudio ha sido publicado por el Institute of Economic Affairs de Londres.
El número de matrimonios ha descendido de modo notable, mientras que la edad en que las parejas se casan ha subido y la proporción de nacimientos fuera del matrimonio ha aumentado en de un 8% en 1970 al 42%. Es verdad, admite Morgan, que cerca de una de cada cuatro mujeres con un hijo nacido fuera del matrimonio se casará en los ocho años siguientes. Pero un cuarto o más de los niños actualmente sólo tienen a un progenitor, que llevan adelante y crían a su descendencia en una o varias cohabitaciones.
Además, las cohabitaciones en las que nacen niños es más probable que no acaben en matrimonio, y en cambio sí que se disuelvan, si se compara con los matrimonios y las cohabitaciones sin hijos.
Además, Morgan sostiene que hay una tendencia en aumento en la proporción de relaciones de cohabitación que se disuelven en vez de acabar en matrimonio. Y, tras la ruptura, se tardan cerca de dos años en formar otra relación, que suele ser otra cohabitación.
Este declive del matrimonio es una tendencia preocupante, explica el estudio, dado el importante papel social de la vida familiar. No sólo porque el matrimonio lleva a cabo tareas sociales que no son fáciles de reemplazar por otras instituciones, sino también por los importantes lazos entre padres e hijos. Morgan apunta la importancia del matrimonio para los hombres, en términos de conectarlos con la comunidad y animar su responsabilidad personal.
Las familias monoparentales y el divorcio tienen también graves efectos negativos en los niños como se ha verificado por numerosos estudios, precisa Morgan. Los problemas incluyen resultados educativos peores, perspectivas laborales más bajas y peor salud.
A los adultos les va mejor estando casados. «A la gente casada le va mejor en términos de longevidad, salud mental y física, y sufre de niveles más bajos de violencia y adicciones», sostiene el estudio.
Costes sociales
La ruptura de la vida familiar ha llevado a un gran aumento en el gasto social del gobierno. Los gastos relacionados con el apoyo a los hijos han subido de 10.000 millones de libras (19.600 millones de dólares) al año en 1975 hasta los 22.000 millones (43.200 millones de dólares) en el 2003 (en precios del 2003). No menos de dos tercios de este aumento se debe al fuerte incremento de las familias monoparentales, según Morgan.
El problema con esto es que una suma desproporcionada ha ido a los hogares monoparentales. Las familias con los dos progenitores se han visto, de hecho, desalentadas económicamente por la combinación de pagos sociales y el sistema de impuestos. Así, el gobierno promueve una situación que favorece el aumento de las familias monoparentales, con los consiguientes efectos sociales negativos.
«Los activistas anti familia han intentado minar cualquier necesidad y apoyo económico, social y legal al matrimonio al lograr que cualquier privilegio concedido a las parejas casadas, incluyendo exenciones de impuestos, retiros, y reconocimiento se extienda a diversos tipos de hogares y relaciones», explica Morgan.
En muchos casos, las parejas con dos hijos estarían mejor económicamente si se separaran y la madre solicitara los beneficios sociales. Por ejemplo, si un padre está trabajando a tiempo completo por el salario mínimo, o con ingresos medios, a la pareja le irá peor viviendo juntos que si se separaran – por una suma de 260 libras (510 dólares) a la semana. Sólo cuando los ingresos conjuntos alcanzan las 50.000 libras (98.125 dólares) al año no hay pérdidas por seguir siendo una pareja.
Así una combinación de pagos en efectivo y un aumento notable en los beneficios sociales fuera del estado matrimonial son suficientes para hacer que se esfumen las razones económicas a la hora de formar un hogar conyugal.
Aunque el aumento de los hijos ilegítimos y la recesión en el matrimonio puede que no se deban simplemente a la economía, sería imprudente no hacer caso al factor económico que forma parte del ambiente en el que la gente toma decisiones sobre sus relaciones y sobre sus hijos. De hecho, muchas personas, admite Morgan, tendrán otras razones que podrían eliminar los factores económicos a la hora de decidir si se caso. «Pero sería absurdo no asumir que la gente cambia su comportamiento en respuesta a los costes y ventajas de diversas decisiones», observa.
El sistema de bienestar anima a las familias monoparentales especialmente cuando el potencial de ingresos del padre es relativamente débil. Hace esto de tres formas, explica Morgan. La primera, la balanza del sistema de impuestos y beneficios discrimina a las parejas, especialmente a las que tienen un solo progenitor que aporta ingresos. La segunda, puede animar a las madres solteras a tener hijos para obtener beneficios sociales y así mejorar su situación económica. La tercera, el sistema de beneficios puede traer condiciones al mercado laboral que conduzcan precisamente a que las parejas no tomen la decisión de casarse.
Impuestos en Irlanda
La política del gobierno con respecto a la familia en Irlanda también ha recibido críticas en un informe recién publicado por el Iona Institute de Dublín. En un estudio titulado «Tax Individualization: Time for a Critital Rethink» (La individualización de los impuestos: tiempo para un replanteamiento crítico), John Paul Byrne considera cómo los cambios en el sistema de impuestos hechos en 1999 han favorecido a las familias con ambos progenitores trabajando.
Por ejemplo, una pareja casada con hijos con sólo uno de los progenitores con ingresos puede pagar más de 6.240 libras (8.322 dólares) en impuestos cada año que una pareja con los dos trabajando e ingresos similares. La política adoptada está pensada par un régimen donde los impuestos son individuales, por lo que se ignora la interdependencia de los miembros de la familia.
Hay disponible un crédito para las familias en las que uno de los padres permanece en casa para cuidar a los hijos, pero poco hace por compensar el castigo impositivo, y este crédito no ha tenido en cuenta la inflación. «El actual sistema de impuestos impone un castigo impositivo eficaz a las parejas casadas con sólo un miembro con ingresos», concluye el estudio.
Entre otros motivos tras los cambios en el sistema de impuestos, Byrne sostiene que el gobierno busca empujar a las mujeres a la fuerza laboral para conseguir los objetivos fijados por la Unión Europea. «Si esto está en armonía con los deseos de las parejas», comenta, «es otra cuestión».
La familia en España
España es otro país donde ha recibido críticas la carencia de apoyo del gobierno a la familia. En enero el Instituto de Política Familiar publicaba un informe sobre la evolución de la familia en España.
El instituto citaba una serie de estadísticas que demostraban que España está a la cola en la lista de países de la Unión Europea en términos de ayuda económica del gobierno a las familias. Frente a una media del 2,1% del producto interior bruto dedicado a la familia en la Unión Europea, España dedica sólo el 0,5%. Italia es otro país con el gasto menor, que alcanza el 1% el PIB. Quizá no sea una coincidencia que tanto en Italia como en España las familias tengan muy pocos hijos.
Por ejemplo, una familia con dos hijos recibe 308 euros (411 dólares) al mes en ayudas económicas en Alemania, pero sólo 49 euros (65 dólares) en España. El informe también acusaba al gobierno español de políticas impositivas discriminatorias que penalizan a las familias con hijos.
Benedicto XVI expresaba recientemente su preocupación por el estado de la familia en Europa. Así se lo expresó en su discurso del 24 de marzo a los participantes en un congreso organizado con ocasión del 50 aniversario de la firma de los tratados de Roma.
Desde el punto de vista demográfico, comentaba el Papa, Europa parece haber emprendido un camino que la podría llevar a despedirse de la historia. Es cierto que las políticas de los gobiernos son sólo un factor entre otros que influye en la vida familiar en Europa, pero en algunos países hay pocas ayudas para lo que es uno de los pilares de la sociedad.
El matrimonio y la familia en Gran Bretaña han caído de forma dramática en los últimos tiempos y una de las causas es la política del gobierno. Esta es la tesis de Patricia Morgan, en un estudio de política titulado: «The War between the State and the Family: How Government Divides and Impoverishes» (La Guerra entre el Estados y la Familia: Cómo el Gobierno Divide y Empobrece). El estudio ha sido publicado por el Institute of Economic Affairs de Londres.
El número de matrimonios ha descendido de modo notable, mientras que la edad en que las parejas se casan ha subido y la proporción de nacimientos fuera del matrimonio ha aumentado en de un 8% en 1970 al 42%. Es verdad, admite Morgan, que cerca de una de cada cuatro mujeres con un hijo nacido fuera del matrimonio se casará en los ocho años siguientes. Pero un cuarto o más de los niños actualmente sólo tienen a un progenitor, que llevan adelante y crían a su descendencia en una o varias cohabitaciones.
Además, las cohabitaciones en las que nacen niños es más probable que no acaben en matrimonio, y en cambio sí que se disuelvan, si se compara con los matrimonios y las cohabitaciones sin hijos.
Además, Morgan sostiene que hay una tendencia en aumento en la proporción de relaciones de cohabitación que se disuelven en vez de acabar en matrimonio. Y, tras la ruptura, se tardan cerca de dos años en formar otra relación, que suele ser otra cohabitación.
Este declive del matrimonio es una tendencia preocupante, explica el estudio, dado el importante papel social de la vida familiar. No sólo porque el matrimonio lleva a cabo tareas sociales que no son fáciles de reemplazar por otras instituciones, sino también por los importantes lazos entre padres e hijos. Morgan apunta la importancia del matrimonio para los hombres, en términos de conectarlos con la comunidad y animar su responsabilidad personal.
Las familias monoparentales y el divorcio tienen también graves efectos negativos en los niños como se ha verificado por numerosos estudios, precisa Morgan. Los problemas incluyen resultados educativos peores, perspectivas laborales más bajas y peor salud.
A los adultos les va mejor estando casados. «A la gente casada le va mejor en términos de longevidad, salud mental y física, y sufre de niveles más bajos de violencia y adicciones», sostiene el estudio.
Costes sociales
La ruptura de la vida familiar ha llevado a un gran aumento en el gasto social del gobierno. Los gastos relacionados con el apoyo a los hijos han subido de 10.000 millones de libras (19.600 millones de dólares) al año en 1975 hasta los 22.000 millones (43.200 millones de dólares) en el 2003 (en precios del 2003). No menos de dos tercios de este aumento se debe al fuerte incremento de las familias monoparentales, según Morgan.
El problema con esto es que una suma desproporcionada ha ido a los hogares monoparentales. Las familias con los dos progenitores se han visto, de hecho, desalentadas económicamente por la combinación de pagos sociales y el sistema de impuestos. Así, el gobierno promueve una situación que favorece el aumento de las familias monoparentales, con los consiguientes efectos sociales negativos.
«Los activistas anti familia han intentado minar cualquier necesidad y apoyo económico, social y legal al matrimonio al lograr que cualquier privilegio concedido a las parejas casadas, incluyendo exenciones de impuestos, retiros, y reconocimiento se extienda a diversos tipos de hogares y relaciones», explica Morgan.
En muchos casos, las parejas con dos hijos estarían mejor económicamente si se separaran y la madre solicitara los beneficios sociales. Por ejemplo, si un padre está trabajando a tiempo completo por el salario mínimo, o con ingresos medios, a la pareja le irá peor viviendo juntos que si se separaran – por una suma de 260 libras (510 dólares) a la semana. Sólo cuando los ingresos conjuntos alcanzan las 50.000 libras (98.125 dólares) al año no hay pérdidas por seguir siendo una pareja.
Así una combinación de pagos en efectivo y un aumento notable en los beneficios sociales fuera del estado matrimonial son suficientes para hacer que se esfumen las razones económicas a la hora de formar un hogar conyugal.
Aunque el aumento de los hijos ilegítimos y la recesión en el matrimonio puede que no se deban simplemente a la economía, sería imprudente no hacer caso al factor económico que forma parte del ambiente en el que la gente toma decisiones sobre sus relaciones y sobre sus hijos. De hecho, muchas personas, admite Morgan, tendrán otras razones que podrían eliminar los factores económicos a la hora de decidir si se caso. «Pero sería absurdo no asumir que la gente cambia su comportamiento en respuesta a los costes y ventajas de diversas decisiones», observa.
El sistema de bienestar anima a las familias monoparentales especialmente cuando el potencial de ingresos del padre es relativamente débil. Hace esto de tres formas, explica Morgan. La primera, la balanza del sistema de impuestos y beneficios discrimina a las parejas, especialmente a las que tienen un solo progenitor que aporta ingresos. La segunda, puede animar a las madres solteras a tener hijos para obtener beneficios sociales y así mejorar su situación económica. La tercera, el sistema de beneficios puede traer condiciones al mercado laboral que conduzcan precisamente a que las parejas no tomen la decisión de casarse.
Impuestos en Irlanda
La política del gobierno con respecto a la familia en Irlanda también ha recibido críticas en un informe recién publicado por el Iona Institute de Dublín. En un estudio titulado «Tax Individualization: Time for a Critital Rethink» (La individualización de los impuestos: tiempo para un replanteamiento crítico), John Paul Byrne considera cómo los cambios en el sistema de impuestos hechos en 1999 han favorecido a las familias con ambos progenitores trabajando.
Por ejemplo, una pareja casada con hijos con sólo uno de los progenitores con ingresos puede pagar más de 6.240 libras (8.322 dólares) en impuestos cada año que una pareja con los dos trabajando e ingresos similares. La política adoptada está pensada par un régimen donde los impuestos son individuales, por lo que se ignora la interdependencia de los miembros de la familia.
Hay disponible un crédito para las familias en las que uno de los padres permanece en casa para cuidar a los hijos, pero poco hace por compensar el castigo impositivo, y este crédito no ha tenido en cuenta la inflación. «El actual sistema de impuestos impone un castigo impositivo eficaz a las parejas casadas con sólo un miembro con ingresos», concluye el estudio.
Entre otros motivos tras los cambios en el sistema de impuestos, Byrne sostiene que el gobierno busca empujar a las mujeres a la fuerza laboral para conseguir los objetivos fijados por la Unión Europea. «Si esto está en armonía con los deseos de las parejas», comenta, «es otra cuestión».
La familia en España
España es otro país donde ha recibido críticas la carencia de apoyo del gobierno a la familia. En enero el Instituto de Política Familiar publicaba un informe sobre la evolución de la familia en España.
El instituto citaba una serie de estadísticas que demostraban que España está a la cola en la lista de países de la Unión Europea en términos de ayuda económica del gobierno a las familias. Frente a una media del 2,1% del producto interior bruto dedicado a la familia en la Unión Europea, España dedica sólo el 0,5%. Italia es otro país con el gasto menor, que alcanza el 1% el PIB. Quizá no sea una coincidencia que tanto en Italia como en España las familias tengan muy pocos hijos.
Por ejemplo, una familia con dos hijos recibe 308 euros (411 dólares) al mes en ayudas económicas en Alemania, pero sólo 49 euros (65 dólares) en España. El informe también acusaba al gobierno español de políticas impositivas discriminatorias que penalizan a las familias con hijos.
Benedicto XVI expresaba recientemente su preocupación por el estado de la familia en Europa. Así se lo expresó en su discurso del 24 de marzo a los participantes en un congreso organizado con ocasión del 50 aniversario de la firma de los tratados de Roma.
Desde el punto de vista demográfico, comentaba el Papa, Europa parece haber emprendido un camino que la podría llevar a despedirse de la historia. Es cierto que las políticas de los gobiernos son sólo un factor entre otros que influye en la vida familiar en Europa, pero en algunos países hay pocas ayudas para lo que es uno de los pilares de la sociedad.
Científicos abiertos a la religión
Articulo de John Flynn en www.aceprensa.com, servicio 46/07, miercoles 2 de mayo de 2007
Los ataques de algunos científicos contra la religión no han quedado sin respuesta. Entre las que ha provocado "The God Delusion", de Richard Dawkins, está el libro recientemente publicado por otro profesor de Oxford, Alister McGrath, "The Dawkins Delusion" (2).
McGrath es profesor de teología histórica en Oxford. En la introducción al libro del que es coautor, McGrath admite que, como lo es actualmente Dawkins, en los años sesenta era ateo. Dawkins es un experto en biología evolutiva; de igual forma, McGrath comenzó en la ciencia, logrando un doctorado en biofísica molecular. Pero luego cambió a la teología y, como él explica: "Me persuadí en consecuencia de que el cristianismo era una visión del mundo mucho más interesante e intelectualmente excitante que el ateísmo".
McGrath declara que se sintió decepcionado por el nivel de la argumentación del libro de Dawkins, que describe como "el equivalente ateo de la predicación sobre el fuego del infierno, que sustituye el pensamiento cuidadoso y basado en la evidencia por la retórica cargada y la manipulación selectiva de los hechos".
McGrath dedica un capítulo a explicar por qué Dios no es una vana ilusión, como mantiene Dawkins. Observa que las definiciones usadas por Dawkins para describir la fe, tales como "proceso de no pensamiento", son extrañas a la definición cristiana de la fe.
Dawkins tiene razón cuando sostiene que hemos de someter a examen nuestras creencias, reconoce McGrath. Para ello, es necesario que los niños reciban una instrucción veraz y exacta sobre el cristianismo. Sería mucho más perjudicial para ellos, afirma, llenar sus cabezas con los argumentos superficiales y erróneos que utiliza Dawkins.
Creencias razonables
La mayoría de nosotros, apunta McGrath, tenemos muchas creencias que no podemos probar que sean verdad, y sin embargo es razonable sostenerlas. Así, estas creencias son justificables, sin estar absolutamente demostradas en sentido empírico. Esta situación tiene lugar no sólo en materia de religión, sino también en ciencia, donde hay muchas teorías que no han alcanzado el estatus de estar probadas de modo concluyente.
McGrath también cita lo que algunos eminentes científicos, como el biólogo norteamericano Stephen Jay Gould y sir Martin Rees, presidente de la British Royal Society, han dicho sobre la religión. Ambos admitían los límites de la ciencia y aceptaban que la ciencia y la religión no son por naturaleza mutuamente excluyentes.
Por otra parte, muchas de las grandes cuestiones sobre la vida, precisa McGrath, se pueden explicar mediante varias teorías sin que haya una prueba científica definitiva. Además, hay cuestiones que van más allá del objeto del método científico, tales como decidir si hay finalidad en la naturaleza.
Una demostración de que Dawkins no es el representante del pensamiento científico es el hecho de que en 2006, el año en que apareció "The God Delusion", tres investigadores de primera fila publicaron libros que reconocían un espacio para lo divino en el universo. Estos eran: Owen Gingerich, "God's Universe"; Francis Collins, "The Language of God" (3); y Paul Davies, "The Goldilocks Enigma".
"Dawkins se ve forzado", concluye McGrath, "a enfrentarse a un hecho que va muy en contra de él: la mayoría de los científicos, con independencia de la postura religiosa que tengan, rechaza su tesis de que las ciencias naturales son una autopista intelectual que lleva al ateísmo".
El problema del mal
Otro argumento utilizado por Dawkins es que la religión es responsable de toda suerte de violencias y abusos en la historia de la humanidad. McGrath admite que la violencia que se inspira en la religión es algo rechazable. McGrath, que creció en Irlanda del Norte, tiene mucha experiencia de la violencia de motivación religiosa. Sin embargo, señala que es algo enteramente diferente sostener que la violencia es un elemento inherente a la religión.
Dawkins también yerra al presentar el ateísmo como una influencia universalmente positiva. Un vistazo a la historia del siglo XX proporciona con facilidad abundantes ejemplos de violencia motivada políticamente, mucha de la cual fue cometida por el régimen ateo de la Unión Soviética.
McGraith precisa que la gente es capaz tanto de la violencia como de la excelencia moral, y tanto una como otra pueden ser alentadas por distintas concepciones del mundo, religiosas o no. Por otra parte, una sociedad que rechaza a Dios tiende luego a tomar por absolutos otras realidades o conceptos. Así, la Revolución Francesa, en su esfuerzo por reemplazar al cristianismo con ideales laicos, llevó a cabo una violenta represión para lograr imponer sus principios.
¿Es peligrosa la religión?
Otro libro de 2006 también trataba la cuestión de la violencia y contestaba a las críticas hechas contra la religión. Keith Ward, profesor de teología en el Gresham College, de Londres, en "Is Religion Dangerous?" ("¿Es peligrosa la religión?") sostiene que el mundo estaría mucho peor sin la religión.
Ward admite que hay ejemplos de violencia inspirada en la religión, pero que una falta de fe puede también llevar a impulsos destructivos y al mal. Es verdad que los textos religiosos como la Biblia pueden emplearse para fines inapropiados. Pero esto sólo puede ocurrir cuando se ignoran preceptos vitales como el amor a Dios y al prójimo, y cuando los textos se sacan fuera de su contexto.
Todos los seres humanos, sostiene Ward, son susceptibles a la tentación del mal, sea religioso o no. ¿Cómo guardarse contra esto? Una de las mejores formas, sugiere, es un sistema de creencias que enseñe los principios del bien y del mal y nos motive al arrepentimiento y a buscar el bien.
En lugar de hacer acusaciones genéricas sobre "la peligrosidad de la religión", debemos preguntarnos si una religión en particular en su contexto específico puede ser peligrosa, sostiene Ward. La respuesta a esta cuestión variará según las circunstancias.
Es cierto que la amenaza del terrorismo islámico ha traído consigo la preocupación por la violencia inspirada en la religión. Pero esta es sólo una de las interpretaciones posibles del islam.
Otros factores sociales y políticos, no de naturaleza religiosa, han desempeñado también un papel en la promoción de esta violencia. Y aunque los medios prestan más atención a la violencia religiosa, hay un montón de conflictos en el mundo de hoy que tienen poco que ver con la religión.
Además, cuando la religión promueve la violencia suele ser en situaciones en que se ha mezclado con las instituciones políticas, y es usada como un instrumento para justificar el uso de la fuerza.
Debemos recordar también todas las aportaciones positivas hechas por la religión, explica Ward en un capítulo. El ejemplo de caridad que nos ha dejado Jesús ha inspirado a personas durante siglos a seguir una vida de amor a los demás. El cristianismo ha dado lugar también a incontables hospitales, colegios y universidades, así como a grandes obras de arte, literatura y música.
La fe cristiana también ha estimulado la investigación racional del mundo material y dio lugar a la ciencia moderna. La creencia cristiana en la dignidad de la vida humana tuvo un papel crucial en el desarrollo de los ideales de los derechos humanos. La religión, concluye Ward, puede ser una de las fuerzas más positivas para el bien en la vida humana.
___________________
(1) Richard Dawkins. "El espejismo de Dios". Espasa-Calpe. Madrid (2007). 480 págs. 23,90 €. T.o.: "The God Delusion".
(2) Alister MacGrath. "The Dawkins Delusion?". SPCK Publishing. 96 págs.
(3) Ver reseña en Aceprensa 113/06.
Los ataques de algunos científicos contra la religión no han quedado sin respuesta. Entre las que ha provocado "The God Delusion", de Richard Dawkins, está el libro recientemente publicado por otro profesor de Oxford, Alister McGrath, "The Dawkins Delusion" (2).
McGrath es profesor de teología histórica en Oxford. En la introducción al libro del que es coautor, McGrath admite que, como lo es actualmente Dawkins, en los años sesenta era ateo. Dawkins es un experto en biología evolutiva; de igual forma, McGrath comenzó en la ciencia, logrando un doctorado en biofísica molecular. Pero luego cambió a la teología y, como él explica: "Me persuadí en consecuencia de que el cristianismo era una visión del mundo mucho más interesante e intelectualmente excitante que el ateísmo".
McGrath declara que se sintió decepcionado por el nivel de la argumentación del libro de Dawkins, que describe como "el equivalente ateo de la predicación sobre el fuego del infierno, que sustituye el pensamiento cuidadoso y basado en la evidencia por la retórica cargada y la manipulación selectiva de los hechos".
McGrath dedica un capítulo a explicar por qué Dios no es una vana ilusión, como mantiene Dawkins. Observa que las definiciones usadas por Dawkins para describir la fe, tales como "proceso de no pensamiento", son extrañas a la definición cristiana de la fe.
Dawkins tiene razón cuando sostiene que hemos de someter a examen nuestras creencias, reconoce McGrath. Para ello, es necesario que los niños reciban una instrucción veraz y exacta sobre el cristianismo. Sería mucho más perjudicial para ellos, afirma, llenar sus cabezas con los argumentos superficiales y erróneos que utiliza Dawkins.
Creencias razonables
La mayoría de nosotros, apunta McGrath, tenemos muchas creencias que no podemos probar que sean verdad, y sin embargo es razonable sostenerlas. Así, estas creencias son justificables, sin estar absolutamente demostradas en sentido empírico. Esta situación tiene lugar no sólo en materia de religión, sino también en ciencia, donde hay muchas teorías que no han alcanzado el estatus de estar probadas de modo concluyente.
McGrath también cita lo que algunos eminentes científicos, como el biólogo norteamericano Stephen Jay Gould y sir Martin Rees, presidente de la British Royal Society, han dicho sobre la religión. Ambos admitían los límites de la ciencia y aceptaban que la ciencia y la religión no son por naturaleza mutuamente excluyentes.
Por otra parte, muchas de las grandes cuestiones sobre la vida, precisa McGrath, se pueden explicar mediante varias teorías sin que haya una prueba científica definitiva. Además, hay cuestiones que van más allá del objeto del método científico, tales como decidir si hay finalidad en la naturaleza.
Una demostración de que Dawkins no es el representante del pensamiento científico es el hecho de que en 2006, el año en que apareció "The God Delusion", tres investigadores de primera fila publicaron libros que reconocían un espacio para lo divino en el universo. Estos eran: Owen Gingerich, "God's Universe"; Francis Collins, "The Language of God" (3); y Paul Davies, "The Goldilocks Enigma".
"Dawkins se ve forzado", concluye McGrath, "a enfrentarse a un hecho que va muy en contra de él: la mayoría de los científicos, con independencia de la postura religiosa que tengan, rechaza su tesis de que las ciencias naturales son una autopista intelectual que lleva al ateísmo".
El problema del mal
Otro argumento utilizado por Dawkins es que la religión es responsable de toda suerte de violencias y abusos en la historia de la humanidad. McGrath admite que la violencia que se inspira en la religión es algo rechazable. McGrath, que creció en Irlanda del Norte, tiene mucha experiencia de la violencia de motivación religiosa. Sin embargo, señala que es algo enteramente diferente sostener que la violencia es un elemento inherente a la religión.
Dawkins también yerra al presentar el ateísmo como una influencia universalmente positiva. Un vistazo a la historia del siglo XX proporciona con facilidad abundantes ejemplos de violencia motivada políticamente, mucha de la cual fue cometida por el régimen ateo de la Unión Soviética.
McGraith precisa que la gente es capaz tanto de la violencia como de la excelencia moral, y tanto una como otra pueden ser alentadas por distintas concepciones del mundo, religiosas o no. Por otra parte, una sociedad que rechaza a Dios tiende luego a tomar por absolutos otras realidades o conceptos. Así, la Revolución Francesa, en su esfuerzo por reemplazar al cristianismo con ideales laicos, llevó a cabo una violenta represión para lograr imponer sus principios.
¿Es peligrosa la religión?
Otro libro de 2006 también trataba la cuestión de la violencia y contestaba a las críticas hechas contra la religión. Keith Ward, profesor de teología en el Gresham College, de Londres, en "Is Religion Dangerous?" ("¿Es peligrosa la religión?") sostiene que el mundo estaría mucho peor sin la religión.
Ward admite que hay ejemplos de violencia inspirada en la religión, pero que una falta de fe puede también llevar a impulsos destructivos y al mal. Es verdad que los textos religiosos como la Biblia pueden emplearse para fines inapropiados. Pero esto sólo puede ocurrir cuando se ignoran preceptos vitales como el amor a Dios y al prójimo, y cuando los textos se sacan fuera de su contexto.
Todos los seres humanos, sostiene Ward, son susceptibles a la tentación del mal, sea religioso o no. ¿Cómo guardarse contra esto? Una de las mejores formas, sugiere, es un sistema de creencias que enseñe los principios del bien y del mal y nos motive al arrepentimiento y a buscar el bien.
En lugar de hacer acusaciones genéricas sobre "la peligrosidad de la religión", debemos preguntarnos si una religión en particular en su contexto específico puede ser peligrosa, sostiene Ward. La respuesta a esta cuestión variará según las circunstancias.
Es cierto que la amenaza del terrorismo islámico ha traído consigo la preocupación por la violencia inspirada en la religión. Pero esta es sólo una de las interpretaciones posibles del islam.
Otros factores sociales y políticos, no de naturaleza religiosa, han desempeñado también un papel en la promoción de esta violencia. Y aunque los medios prestan más atención a la violencia religiosa, hay un montón de conflictos en el mundo de hoy que tienen poco que ver con la religión.
Además, cuando la religión promueve la violencia suele ser en situaciones en que se ha mezclado con las instituciones políticas, y es usada como un instrumento para justificar el uso de la fuerza.
Debemos recordar también todas las aportaciones positivas hechas por la religión, explica Ward en un capítulo. El ejemplo de caridad que nos ha dejado Jesús ha inspirado a personas durante siglos a seguir una vida de amor a los demás. El cristianismo ha dado lugar también a incontables hospitales, colegios y universidades, así como a grandes obras de arte, literatura y música.
La fe cristiana también ha estimulado la investigación racional del mundo material y dio lugar a la ciencia moderna. La creencia cristiana en la dignidad de la vida humana tuvo un papel crucial en el desarrollo de los ideales de los derechos humanos. La religión, concluye Ward, puede ser una de las fuerzas más positivas para el bien en la vida humana.
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(1) Richard Dawkins. "El espejismo de Dios". Espasa-Calpe. Madrid (2007). 480 págs. 23,90 €. T.o.: "The God Delusion".
(2) Alister MacGrath. "The Dawkins Delusion?". SPCK Publishing. 96 págs.
(3) Ver reseña en Aceprensa 113/06.
viernes, 4 de mayo de 2007
Jesús de Nazaret, el camino del Papa hacia Jesús
noticia del vatican information service (VIS), jueves 13 de abril de 2007
Jesús de Nazaret, el libro de Benedicto XVI, saldrá a la venta en las librerías italianas, alemanas y polacas el próximo lunes 16 de abril, coincidiendo con el 80 cumpleaños del Papa. El volumen, de 448 páginas, será traducido en 20 idiomas. [En España lo hará más adelante la editorial La esfera de los Libros del diario El Mundo, del Grupo Rizzoli]
La editorial Rizzoli , encargada de la Libreria Editrice Vaticana de la venta de los derechos del libro en todo el mundo, ha publicado hoy un comunicado de prensa donde informa que "Jesús de Nazaret es la primera parte de una obra de dos volúmenes que examina la vida pública de Cristo, desde el bautismo en el Jordán hasta la Transfiguración".
"Se trata por una parte de un relato pastoral", dice el texto que a través de un comentario a los Evangelios "ofrece una introducción a los principios del cristianismo". Es asimismo "un ensayo que conserva el rigor científico que distingue los escritos y discursos del teólogo Ratzinger".
"La preocupación pastoral y la excepcional doctrina teológica del Papa se unen para determinar el tema central de la obra: la convicción de que para entender la figura de Jesucristo es necesario partir de su unión con el Padre".
A este respecto "el método histórico-crítico es indispensable para una exégesis seria y ha puesto a disposición una gran cantidad de material y conocimientos que permiten reconstruir la figura de Jesús con una profundidad que hasta hace pocas décadas era difícil de imaginar, pero solo la fe puede hacernos comprender que Jesús es Dios y si a la luz de esta convicción se leen los textos sacros con los instrumentos facilitados por el método histórico-crítico (...) nos revelan (...) un camino y una figura dignos de fe".
"Para Ratzinger -prosigue el comunicado- fe e investigación crítica son complementarias y no antagonistas y el Jesús de los Evangelios es el Jesús histórico.
En una sinopsis del volumen, titulada "El camino del Papa hacia Jesús", se lee que el libro "refleja la búsqueda personal del "rostro del Señor" por parte de Joseph Ratzinger y no quiere ser un documento de magisterio".
"Para Benedicto XVI, en el texto bíblico se encuentran todos los elementos para afirmar que el personaje histórico Jesucristo es también efectivamente el Hijo de Dios venido a la tierra para salvar a la humanidad".
"Basándose en el hecho de la estrecha unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento -explica la nota- y valiéndose de la hermenéutica cristológica que ve en Jesucristo la clave de toda la Biblia, Joseph Ratzinger presenta al Jesús de los Evangelios como "el nuevo Moisés" que cumple las antiguas esperanzas de Israel. Este nuevo y verdadero Moisés debe conducir al Pueblo de Dios hacia la verdadera y definitiva libertad" y "lo lleva a cabo con pasos sucesivos que, no obstante, dejan siempre entrever el plan de Dios en su totalidad".
En este sentido "la inmersión de Jesús en las aguas del Jordán es símbolo de su muerte y su "descenso a los infiernos", una realidad presente a lo largo de su vida. Para salvar a la humanidad (...) debe vencer las tentaciones principales que amenazan, de diversas formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la Tierra prometida que es el Reino de Dios".
"El tema del "Reino de Dios", que atraviesa todo el anuncio de Jesús, se profundiza posteriormente en la reflexión sobre el "Sermón de la Montaña" (...) donde las Bienaventuranzas constituyen los puntos cardinales de la nueva Ley y al mismo tiempo son un autorretrato de Jesús". Se demuestra así que" esta Ley no es solamente -como en el caso de Moisés- el resultado de un coloquio "cara a cara" con Dios, sino que contiene la plenitud que procede de la unión íntima de Jesús con el Padre".
De ahí que "un elemento fundamental" de la vida del ser humano sea "hablar con Dios y escucharlo. Por eso Benedicto XVI ha dedicado un capítulo entero a la oración, explicando el Padrenuestro, que Jesús mismo nos enseñó".
"El contacto profundo de los seres humanos con Dios Padre mediante Jesús en el Espíritu Santo, les recoge en el "nosotros" de una nueva familia que, a través de la elección de los Doce, recuerda los orígenes de Israel (...) Incluso en su composición, tan heterogénea, la nueva familia de Jesús, la Iglesia, de todos los tiempos, encuentra en El su centro unificador y la orientación para vivir el carácter universal de su Evangelio".
"Para hacer más asequible el contenido de su mensaje y transformarlo en orientación práctica, Jesús utilizaba las parábolas" señala el texto. "Pero hay también una explicación puramente teológica del sentido de las parábolas que Joseph Ratzinger evidencia con un análisis de gran hondura".
"El capítulo siguiente trata de los ejemplos empleados por Jesús para explicar su misterio: son las grandes imágenes de San Juan. Antes de analizarlas, el Papa expone un resumen muy interesante de los diversos resultados de la investigación científica sobre quien era el evangelista" y "abre al lector nuevos horizontes que revelan a Jesús, cada vez con más claridad como "el Hijo de Dios".
"Esta visión se amplía ulteriormente en los dos últimos capítulos (...) donde se establece definitivamente cual era la verdadera misión del Mesías de Dios y el destino de quienes desean seguirlo", mientras " un profundo análisis de los títulos que, según los Evangelios, Jesús utilizó para definirse, concluye el libro del Pontífice".
"Junto al hombre de fe,(...) y al teólogo, emerge en el libro el pastor que consigue "favorecer en el lector el crecimiento de una relación nueva con Jesucristo (...) Desde este ángulo el pontífice no teme hablar de un mundo que, excluyendo a Dios, y aferrándose solo a la realidad visible y material, corre el peligro de la autodestrucción buscando un bienestar solo material" y renunciando a "llegar a la verdadera libertad en la "Tierra Prometida" del "Reino de Dios".
Jesús de Nazaret, el libro de Benedicto XVI, saldrá a la venta en las librerías italianas, alemanas y polacas el próximo lunes 16 de abril, coincidiendo con el 80 cumpleaños del Papa. El volumen, de 448 páginas, será traducido en 20 idiomas. [En España lo hará más adelante la editorial La esfera de los Libros del diario El Mundo, del Grupo Rizzoli]
La editorial Rizzoli , encargada de la Libreria Editrice Vaticana de la venta de los derechos del libro en todo el mundo, ha publicado hoy un comunicado de prensa donde informa que "Jesús de Nazaret es la primera parte de una obra de dos volúmenes que examina la vida pública de Cristo, desde el bautismo en el Jordán hasta la Transfiguración".
"Se trata por una parte de un relato pastoral", dice el texto que a través de un comentario a los Evangelios "ofrece una introducción a los principios del cristianismo". Es asimismo "un ensayo que conserva el rigor científico que distingue los escritos y discursos del teólogo Ratzinger".
"La preocupación pastoral y la excepcional doctrina teológica del Papa se unen para determinar el tema central de la obra: la convicción de que para entender la figura de Jesucristo es necesario partir de su unión con el Padre".
A este respecto "el método histórico-crítico es indispensable para una exégesis seria y ha puesto a disposición una gran cantidad de material y conocimientos que permiten reconstruir la figura de Jesús con una profundidad que hasta hace pocas décadas era difícil de imaginar, pero solo la fe puede hacernos comprender que Jesús es Dios y si a la luz de esta convicción se leen los textos sacros con los instrumentos facilitados por el método histórico-crítico (...) nos revelan (...) un camino y una figura dignos de fe".
"Para Ratzinger -prosigue el comunicado- fe e investigación crítica son complementarias y no antagonistas y el Jesús de los Evangelios es el Jesús histórico.
En una sinopsis del volumen, titulada "El camino del Papa hacia Jesús", se lee que el libro "refleja la búsqueda personal del "rostro del Señor" por parte de Joseph Ratzinger y no quiere ser un documento de magisterio".
"Para Benedicto XVI, en el texto bíblico se encuentran todos los elementos para afirmar que el personaje histórico Jesucristo es también efectivamente el Hijo de Dios venido a la tierra para salvar a la humanidad".
"Basándose en el hecho de la estrecha unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento -explica la nota- y valiéndose de la hermenéutica cristológica que ve en Jesucristo la clave de toda la Biblia, Joseph Ratzinger presenta al Jesús de los Evangelios como "el nuevo Moisés" que cumple las antiguas esperanzas de Israel. Este nuevo y verdadero Moisés debe conducir al Pueblo de Dios hacia la verdadera y definitiva libertad" y "lo lleva a cabo con pasos sucesivos que, no obstante, dejan siempre entrever el plan de Dios en su totalidad".
En este sentido "la inmersión de Jesús en las aguas del Jordán es símbolo de su muerte y su "descenso a los infiernos", una realidad presente a lo largo de su vida. Para salvar a la humanidad (...) debe vencer las tentaciones principales que amenazan, de diversas formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la Tierra prometida que es el Reino de Dios".
"El tema del "Reino de Dios", que atraviesa todo el anuncio de Jesús, se profundiza posteriormente en la reflexión sobre el "Sermón de la Montaña" (...) donde las Bienaventuranzas constituyen los puntos cardinales de la nueva Ley y al mismo tiempo son un autorretrato de Jesús". Se demuestra así que" esta Ley no es solamente -como en el caso de Moisés- el resultado de un coloquio "cara a cara" con Dios, sino que contiene la plenitud que procede de la unión íntima de Jesús con el Padre".
De ahí que "un elemento fundamental" de la vida del ser humano sea "hablar con Dios y escucharlo. Por eso Benedicto XVI ha dedicado un capítulo entero a la oración, explicando el Padrenuestro, que Jesús mismo nos enseñó".
"El contacto profundo de los seres humanos con Dios Padre mediante Jesús en el Espíritu Santo, les recoge en el "nosotros" de una nueva familia que, a través de la elección de los Doce, recuerda los orígenes de Israel (...) Incluso en su composición, tan heterogénea, la nueva familia de Jesús, la Iglesia, de todos los tiempos, encuentra en El su centro unificador y la orientación para vivir el carácter universal de su Evangelio".
"Para hacer más asequible el contenido de su mensaje y transformarlo en orientación práctica, Jesús utilizaba las parábolas" señala el texto. "Pero hay también una explicación puramente teológica del sentido de las parábolas que Joseph Ratzinger evidencia con un análisis de gran hondura".
"El capítulo siguiente trata de los ejemplos empleados por Jesús para explicar su misterio: son las grandes imágenes de San Juan. Antes de analizarlas, el Papa expone un resumen muy interesante de los diversos resultados de la investigación científica sobre quien era el evangelista" y "abre al lector nuevos horizontes que revelan a Jesús, cada vez con más claridad como "el Hijo de Dios".
"Esta visión se amplía ulteriormente en los dos últimos capítulos (...) donde se establece definitivamente cual era la verdadera misión del Mesías de Dios y el destino de quienes desean seguirlo", mientras " un profundo análisis de los títulos que, según los Evangelios, Jesús utilizó para definirse, concluye el libro del Pontífice".
"Junto al hombre de fe,(...) y al teólogo, emerge en el libro el pastor que consigue "favorecer en el lector el crecimiento de una relación nueva con Jesucristo (...) Desde este ángulo el pontífice no teme hablar de un mundo que, excluyendo a Dios, y aferrándose solo a la realidad visible y material, corre el peligro de la autodestrucción buscando un bienestar solo material" y renunciando a "llegar a la verdadera libertad en la "Tierra Prometida" del "Reino de Dios".
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Benedicto XVI tiene la personalidad de un Padre de la Iglesia
Entrevista al cardenal Julian Herranz, presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos del Vaticano y autor del libro "En las afueras de Jericó" (2007), en ABC lunes 16 de abril de 2007
El español más importante en la Curia Vaticana -que ha tenido el privilegio de servir a cinco Papas desde 1960- conoció a Joseph Ratzinger hace 27 años, con motivo de la elaboración del nuevo Código de Derecho Canónico. Desde entonces, el cardenal Julián Herranz ha apreciado de cerca las cualidades del teólogo alemán, especialmente su sencillez y su sentido del humor, menos conocidas que la inmensa talla intelectual de un Papa que es, al mismo tiempo, uno de los grandes pensadores de Europa. El conocimiento es mutuo, y Benedicto XVI ha elogiado en público las «extraordinarias dotes de alma e ingenio» del cardenal andaluz (Baena, 1930), un canonista que fue médico antes de ser sacerdote, y que a los 77 años de edad continúa al servicio del Papa en ocho dicasterios del Vaticano pues, como le gusta decir, «en realidad, los sacerdotes no nos jubilamos nunca. Solamente cuando el Señor nos llama».
Usted participó en el Cónclave del que salió Papa Benedicto XVI. ¿Por qué eligieron a Joseph Ratzinger?
Los 115 cardenales que entramos en el Cónclave depositamos en la urna nuestro voto mirando el Crucifijo bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, y jurando cada uno que elegía en conciencia a quien consideraba más idóneo para ser el Pastor de la Iglesia universal. Por eso elegimos a Joseph Ratzinger.
¿Cómo fue posible elegirle tan rápido?
Puedo decir, sin quebrantar ningún secreto, que influyó una «cuádruple legitimidad» de la que mucho se hablaba: el prestigio «intelectual» de gran teólogo, la legitimidad «institucional» de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la legitimidad «romana» de miembro de la Curia y la fama «wojtyliana» de hombre de máxima confianza de Juan Pablo II. A esas cuatro razones añadiría una quinta: la legitimidad «espiritual» de sacerdote con una profunda vida interior -un contemplativo-, y por eso vibrantemente apostólico, evangelizador.
¿Cuándo conoció a Joseph Ratzinger?
Lo conocí en 1980, como miembro de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico, pero lo traté más a fondo después de su famosa entrevista con Vittorio Messori, publicada en 1985 como el libro «Informe sobre la fe». Sentí que compartía con él su preocupación ante interpretaciones equivocadas del Concilio (lo que llamó después «hermenéutica de ruptura») que estaban sembrando confusión en vastos sectores de la Iglesia.
Algunos proponían un aggiornamento teológico que marginaba a Dios Creador y Redentor y aplicaba una reducción temporalista del mensaje evangélico; un replanteamiento laicizante y secularista de la identidad sacerdotal y religiosa, que condujo a una triste hemorragia de defecciones; un experimentalismo litúrgico incontrolado y desacralizante, que invocaba fraudulentamente la reforma litúrgica querida por el Concilio, etc. Al mismo tiempo compartía también con el cardenal Ratzinger su ferviente deseo de que se llegase a la justa aplicación en la vida de la Iglesia de las riquezas doctrinales y disciplinares del Vaticano II.
¿Cuáles son, a su juicio, los rasgos más significativos de la personalidad de Joseph Ratzinger?
Yo diría que tiene la personalidad de un Padre de la Iglesia. Los Padres de la Iglesia, tanto los de Oriente como los de Occidente (Justino, Basilio, Jerónimo, Ambrosio, Agustín...) demostraron una atenta sensibilidad para valorar los fenómenos culturales y las corrientes ideológicas del entorno social en el que desempeñaron su misión, desde el diálogo con la filosofía griega y el derecho romano a la superación de la crisis del Imperio y la conversión de los bárbaros.
Con sus escritos -tratados teológicos, sí, pero sobre todo con los discursos y homilías- trasmitieron a los fieles un vigoroso alimento espiritual, fruto de la asidua meditación de la Sagrada Escritura, e intervinieron con vigilante solicitud pastoral cuando las circunstancias internas de la Iglesia o las externas de la sociedad pagana hacían necesario definir bien los contenidos, las exigencias y las propuestas culturales del mensaje cristiano. Es lo que también hoy hace falta, de frente al agnosticismo y al fundamentalismo laicista, que intentan imponer la «dictadura del relativismo» como única filosofía «política y culturalmente correcta».
¿Cómo es Joseph Ratzinger de cerca?
Un hombre de poderosa inteligencia, con gran capacidad de análisis y de síntesis. Y, al mismo tiempo, sencillo y humilde, tanto que parece tímido sin serlo. Un sacerdote amable y sonriente, acostumbrado a escuchar y dialogar, con interés sincero y con cristiano afecto. Como hizo antes, por ejemplo con Jürgen Habermas y otros intelectuales no cristianos o incluso ateos. Y como hace hoy, como Papa, con los párrocos de Roma o los niños que se preparan a la primera Comunión. Todo lo contrario del ceñudo y obcecado inquisidor que algunos pintan.
¿Cómo ha cambiado al ser Papa?
Ha cambiado en cuanto a la naturaleza y amplitud de su ministerio, porque sucediendo a San Pedro Apóstol ha pasado a ser Cabeza del Colegio Episcopal y Pastor de la Iglesia universal. Pero su personalidad -el conjunto de excelentes cualidades humanas, cristianas y sacerdotales que lo hacían idóneo para esa tarea- no ha cambiado. Por ejemplo, preside las reuniones de cardenales o el Sínodo de Obispos con la misma solicitud pastoral, agudeza intelectual, serenidad e incluso sentido del humor con que lo hemos visto antes participar en reuniones de la Curia o impartir conferencias en universidades. Y, gracias a Dios, consigue todavía sacar tiempo en medio de tanto trabajo, no sólo como es obvio para su intensa vida sacramental y su oración, sino también para dar algunos paseos por los jardines vaticanos, escuchar música o tocar el piano en algún rato nocturno.
¿Cuál es su mejor recuerdo de Juan Pablo II?
Es difícil escoger entre los recuerdos personales, todos entrañables. Quizás el de la audiencia del 22 de noviembre de 1994, en la que le agradecí la confianza que me había demostrado nombrándome tres días antes arzobispo y presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos. Añadí: «Espero que también el Derecho pueda contribuir a la nueva evangelización que Vuestra Santidad desea». Me sonrió afectuosamente y respondió: «Y yo espero que usted trabaje con el espíritu de Escrivá». Me emocioné ante ese consejo. Equivalía a una especie de canonización anticipada «in pectore» del hombre que me llevó al encuentro definitivo con Cristo. Comenté con un hilo de voz: «Yo también lo deseo, Santo Padre, porque él amaba mucho, apasionadamente, a la Iglesia. Y por eso tenía en gran estima la ley eclesiástica». Y Juan Pablo II concluyó con una potente voz, bastante más fuerte que la mía: «Sí, sí, lo sé. Lo conozco bien».
Benedicto XVI todavía no conoce España tan bien como su predecesor. ¿Qué recuerdos guarda de sus viajes a nuestro país?
Yo diría que conoce muy bien España. Como Papa ha hecho un solo viaje apostólico, a Valencia en julio pasado, pero antes, como cardenal, había estado en otras ciudades españolas (Madrid, Ávila, Salamanca, El Escorial, Toledo, Pamplona, Murcia...) y tuvo numerosos encuentros -que recuerda con gusto y con afecto-, tanto en ambientes eclesiásticos como universitarios. Ama España, conoce y aprecia a fondo su rica tradición cultural cristiana, filosófica, mística, literaria, artística... Yo suelo recordar -sobre todo a quienes sin conocerlo hablan del «Panzer-Kardinal»- que el Papa Ratzinger es un bávaro, y los bávaros son los «alemanes andaluces», más latinos y mediterráneos que prusianos.
¿Por qué no denunció Benedicto XVI en Valencia la ley española del matrimonio de homosexuales?
-El Papa fue a Valencia para presidir el «Encuentro Mundial de las Familias». Su magisterio fue por eso fundamentalmente positivo y de amplitud universal, recordando las verdades básicas en torno al concepto mismo de familia, fundada sobre el matrimonio o unión estable abierta a la fecundidad de un hombre y una mujer. La familia constituye un patrimonio de la humanidad, una institución social fundamental, una célula vital, el pilar de toda sociedad sana. El Papa recordó que todo esto es una realidad que interesa no sólo a la Iglesia sino a la autoridad civil, tanto a los creyentes como a los no creyentes, en España como en todo el mundo. Y todavía más en un mundo sometido a la fuerte presión del materialismo práctico y del agnosticismo relativista.
¿Cómo se responde a esas presiones?
Se trata de ahogar el mal en abundancia de bien. Porque el Papa es muy consciente, y lo ha dicho repetidas veces, que en algunos países -España entre ellos- existe una presión fuerte, por parte de determinados «lobbies», contra el concepto mismo de matrimonio y de familia. Y sabe que debido a las presiones que estos «lobbies» ejercen a través de medios de opinión pública y de la acción política, se crean -lo dijo el pasado 22 de diciembre comentando su viaje a Valencia- «nuevas formas jurídicas que relativizan el matrimonio», como una consecuencia más de la "relativización de la diferencia de sexos". Son procesos legislativos contrarios al derecho natural, es decir al verdadero concepto antropológico de persona humana, de matrimonio y de familia. Y contrarios también al bien común, que las leyes, para ser justas, deben tutelar y promover.
Las relaciones entre la Iglesia, que no son sólo los obispos, y el Gobierno español siguen siendo tensas, especialmente por la nueva ley de educación. ¿Cómo piensa que se podría facilitar la pacífica convivencia?
Hace tiempo que comparto la seria preocupación de los obispos y de millones de ciudadanos cristianos de mi patria, también algunos amigos míos de antiguo ideal socialista, por lo que está sucediendo a nivel de política gubernamental.
Es la preocupación de que el concepto democrático de «laicidad del Estado» o de «Estado aconfesional» -que es un concepto justo- esté siendo interpretado y aplicado en forma no correcta, concretamente en el sentido fundamentalista o totalitario de «Estado anti-confesional» o «antirreligioso». Sucedió así con el nazismo y sucede aún en algún Estado comunista. Se comienza con una actitud de desprecio «agnóstico» («progresista» se dice) de la religión, considerada como fruto o causa de escaso desarrollo social y cultural. Se continúa permitiendo o incluso fomentando todo lo que pueda desarraigar la fe en el pueblo o desprestigiar a la autoridad religiosa: la Santa Sede y los obispos. Y se termina con la imposición de normas de propaganda ideológica y de educación escolar de contenido antirreligioso, anticristiano.
Siguiendo esa línea ideológica, se niega a los padres, o mejor dicho se les hace difícil de ejercitar, su derecho natural y quizás constitucional respecto a la educación religiosa que quieren para sus hijos. Al mismo tiempo, se obliga a todos los alumnos a recibir una educación que llaman «cívica» (o «social», «nacional», etc.) pero que en realidad es, en muchos puntos, contraria no ya sólo a la moral cristiana, sino a la misma moral natural y a la dignidad de la persona. Yo espero que ese abuso totalitario no suceda en España, como no sucede en Italia y otras naciones donde más del 80 por ciento de los padres desean -independientemente de su afiliación política- la libre educación católica de sus hijos en los centros públicos de enseñanza.
En España el Gobierno repite que tiene el deber de asegurar la «laicidad» de la educación pública: ¿Se trata verdaderamente de un deber constitucional y de un derecho?
Si no recuerdo mal en la Constitución se dice que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal, pero que las leyes públicas tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones. En esta perspectiva de auténtica laicidad se ha dicho que las leyes -también las de enseñanza- y las actuaciones del Gobierno tienen que favorecer el bien de todos los españoles y tienen que estar al servicio del bien común de todos los ciudadanos. Es una exigencia de justicia constitucional -y de derecho internacional respecto a la Santa Sede- que no se cumpliría si un gobierno de derechas o de izquierdas inspirase su actuación en un fundamentalismo laicista de ateísmo militante. Yo rezo para que no sea así y se pueda asegurar en mi patria un futuro de mutua colaboración entre el Estado y la Iglesia, un futuro de pacífica convivencia y de respeto entre todos los españoles.
Una última pregunta personal. Su lema como obispo y cardenal es «Domine, ut videam» («Señor, que vea»), la súplica del ciego de Palestina que da título a su último libro «En las afueras de Jericó»... ¿Por qué?
Hay varias razones de fondo, que quizás se puedan resumir en una sola: porque estoy convencido de que la felicidad verdadera ya aquí en este mundo consiste en recibir de Dios la luz necesaria para ver con los ojos del alma, y caminar con los pies en la tierra pero con la mirada en el Cielo.
El español más importante en la Curia Vaticana -que ha tenido el privilegio de servir a cinco Papas desde 1960- conoció a Joseph Ratzinger hace 27 años, con motivo de la elaboración del nuevo Código de Derecho Canónico. Desde entonces, el cardenal Julián Herranz ha apreciado de cerca las cualidades del teólogo alemán, especialmente su sencillez y su sentido del humor, menos conocidas que la inmensa talla intelectual de un Papa que es, al mismo tiempo, uno de los grandes pensadores de Europa. El conocimiento es mutuo, y Benedicto XVI ha elogiado en público las «extraordinarias dotes de alma e ingenio» del cardenal andaluz (Baena, 1930), un canonista que fue médico antes de ser sacerdote, y que a los 77 años de edad continúa al servicio del Papa en ocho dicasterios del Vaticano pues, como le gusta decir, «en realidad, los sacerdotes no nos jubilamos nunca. Solamente cuando el Señor nos llama».
Usted participó en el Cónclave del que salió Papa Benedicto XVI. ¿Por qué eligieron a Joseph Ratzinger?
Los 115 cardenales que entramos en el Cónclave depositamos en la urna nuestro voto mirando el Crucifijo bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina, y jurando cada uno que elegía en conciencia a quien consideraba más idóneo para ser el Pastor de la Iglesia universal. Por eso elegimos a Joseph Ratzinger.
¿Cómo fue posible elegirle tan rápido?
Puedo decir, sin quebrantar ningún secreto, que influyó una «cuádruple legitimidad» de la que mucho se hablaba: el prestigio «intelectual» de gran teólogo, la legitimidad «institucional» de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la legitimidad «romana» de miembro de la Curia y la fama «wojtyliana» de hombre de máxima confianza de Juan Pablo II. A esas cuatro razones añadiría una quinta: la legitimidad «espiritual» de sacerdote con una profunda vida interior -un contemplativo-, y por eso vibrantemente apostólico, evangelizador.
¿Cuándo conoció a Joseph Ratzinger?
Lo conocí en 1980, como miembro de la Comisión Pontificia para la Revisión del Código de Derecho Canónico, pero lo traté más a fondo después de su famosa entrevista con Vittorio Messori, publicada en 1985 como el libro «Informe sobre la fe». Sentí que compartía con él su preocupación ante interpretaciones equivocadas del Concilio (lo que llamó después «hermenéutica de ruptura») que estaban sembrando confusión en vastos sectores de la Iglesia.
Algunos proponían un aggiornamento teológico que marginaba a Dios Creador y Redentor y aplicaba una reducción temporalista del mensaje evangélico; un replanteamiento laicizante y secularista de la identidad sacerdotal y religiosa, que condujo a una triste hemorragia de defecciones; un experimentalismo litúrgico incontrolado y desacralizante, que invocaba fraudulentamente la reforma litúrgica querida por el Concilio, etc. Al mismo tiempo compartía también con el cardenal Ratzinger su ferviente deseo de que se llegase a la justa aplicación en la vida de la Iglesia de las riquezas doctrinales y disciplinares del Vaticano II.
¿Cuáles son, a su juicio, los rasgos más significativos de la personalidad de Joseph Ratzinger?
Yo diría que tiene la personalidad de un Padre de la Iglesia. Los Padres de la Iglesia, tanto los de Oriente como los de Occidente (Justino, Basilio, Jerónimo, Ambrosio, Agustín...) demostraron una atenta sensibilidad para valorar los fenómenos culturales y las corrientes ideológicas del entorno social en el que desempeñaron su misión, desde el diálogo con la filosofía griega y el derecho romano a la superación de la crisis del Imperio y la conversión de los bárbaros.
Con sus escritos -tratados teológicos, sí, pero sobre todo con los discursos y homilías- trasmitieron a los fieles un vigoroso alimento espiritual, fruto de la asidua meditación de la Sagrada Escritura, e intervinieron con vigilante solicitud pastoral cuando las circunstancias internas de la Iglesia o las externas de la sociedad pagana hacían necesario definir bien los contenidos, las exigencias y las propuestas culturales del mensaje cristiano. Es lo que también hoy hace falta, de frente al agnosticismo y al fundamentalismo laicista, que intentan imponer la «dictadura del relativismo» como única filosofía «política y culturalmente correcta».
¿Cómo es Joseph Ratzinger de cerca?
Un hombre de poderosa inteligencia, con gran capacidad de análisis y de síntesis. Y, al mismo tiempo, sencillo y humilde, tanto que parece tímido sin serlo. Un sacerdote amable y sonriente, acostumbrado a escuchar y dialogar, con interés sincero y con cristiano afecto. Como hizo antes, por ejemplo con Jürgen Habermas y otros intelectuales no cristianos o incluso ateos. Y como hace hoy, como Papa, con los párrocos de Roma o los niños que se preparan a la primera Comunión. Todo lo contrario del ceñudo y obcecado inquisidor que algunos pintan.
¿Cómo ha cambiado al ser Papa?
Ha cambiado en cuanto a la naturaleza y amplitud de su ministerio, porque sucediendo a San Pedro Apóstol ha pasado a ser Cabeza del Colegio Episcopal y Pastor de la Iglesia universal. Pero su personalidad -el conjunto de excelentes cualidades humanas, cristianas y sacerdotales que lo hacían idóneo para esa tarea- no ha cambiado. Por ejemplo, preside las reuniones de cardenales o el Sínodo de Obispos con la misma solicitud pastoral, agudeza intelectual, serenidad e incluso sentido del humor con que lo hemos visto antes participar en reuniones de la Curia o impartir conferencias en universidades. Y, gracias a Dios, consigue todavía sacar tiempo en medio de tanto trabajo, no sólo como es obvio para su intensa vida sacramental y su oración, sino también para dar algunos paseos por los jardines vaticanos, escuchar música o tocar el piano en algún rato nocturno.
¿Cuál es su mejor recuerdo de Juan Pablo II?
Es difícil escoger entre los recuerdos personales, todos entrañables. Quizás el de la audiencia del 22 de noviembre de 1994, en la que le agradecí la confianza que me había demostrado nombrándome tres días antes arzobispo y presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos. Añadí: «Espero que también el Derecho pueda contribuir a la nueva evangelización que Vuestra Santidad desea». Me sonrió afectuosamente y respondió: «Y yo espero que usted trabaje con el espíritu de Escrivá». Me emocioné ante ese consejo. Equivalía a una especie de canonización anticipada «in pectore» del hombre que me llevó al encuentro definitivo con Cristo. Comenté con un hilo de voz: «Yo también lo deseo, Santo Padre, porque él amaba mucho, apasionadamente, a la Iglesia. Y por eso tenía en gran estima la ley eclesiástica». Y Juan Pablo II concluyó con una potente voz, bastante más fuerte que la mía: «Sí, sí, lo sé. Lo conozco bien».
Benedicto XVI todavía no conoce España tan bien como su predecesor. ¿Qué recuerdos guarda de sus viajes a nuestro país?
Yo diría que conoce muy bien España. Como Papa ha hecho un solo viaje apostólico, a Valencia en julio pasado, pero antes, como cardenal, había estado en otras ciudades españolas (Madrid, Ávila, Salamanca, El Escorial, Toledo, Pamplona, Murcia...) y tuvo numerosos encuentros -que recuerda con gusto y con afecto-, tanto en ambientes eclesiásticos como universitarios. Ama España, conoce y aprecia a fondo su rica tradición cultural cristiana, filosófica, mística, literaria, artística... Yo suelo recordar -sobre todo a quienes sin conocerlo hablan del «Panzer-Kardinal»- que el Papa Ratzinger es un bávaro, y los bávaros son los «alemanes andaluces», más latinos y mediterráneos que prusianos.
¿Por qué no denunció Benedicto XVI en Valencia la ley española del matrimonio de homosexuales?
-El Papa fue a Valencia para presidir el «Encuentro Mundial de las Familias». Su magisterio fue por eso fundamentalmente positivo y de amplitud universal, recordando las verdades básicas en torno al concepto mismo de familia, fundada sobre el matrimonio o unión estable abierta a la fecundidad de un hombre y una mujer. La familia constituye un patrimonio de la humanidad, una institución social fundamental, una célula vital, el pilar de toda sociedad sana. El Papa recordó que todo esto es una realidad que interesa no sólo a la Iglesia sino a la autoridad civil, tanto a los creyentes como a los no creyentes, en España como en todo el mundo. Y todavía más en un mundo sometido a la fuerte presión del materialismo práctico y del agnosticismo relativista.
¿Cómo se responde a esas presiones?
Se trata de ahogar el mal en abundancia de bien. Porque el Papa es muy consciente, y lo ha dicho repetidas veces, que en algunos países -España entre ellos- existe una presión fuerte, por parte de determinados «lobbies», contra el concepto mismo de matrimonio y de familia. Y sabe que debido a las presiones que estos «lobbies» ejercen a través de medios de opinión pública y de la acción política, se crean -lo dijo el pasado 22 de diciembre comentando su viaje a Valencia- «nuevas formas jurídicas que relativizan el matrimonio», como una consecuencia más de la "relativización de la diferencia de sexos". Son procesos legislativos contrarios al derecho natural, es decir al verdadero concepto antropológico de persona humana, de matrimonio y de familia. Y contrarios también al bien común, que las leyes, para ser justas, deben tutelar y promover.
Las relaciones entre la Iglesia, que no son sólo los obispos, y el Gobierno español siguen siendo tensas, especialmente por la nueva ley de educación. ¿Cómo piensa que se podría facilitar la pacífica convivencia?
Hace tiempo que comparto la seria preocupación de los obispos y de millones de ciudadanos cristianos de mi patria, también algunos amigos míos de antiguo ideal socialista, por lo que está sucediendo a nivel de política gubernamental.
Es la preocupación de que el concepto democrático de «laicidad del Estado» o de «Estado aconfesional» -que es un concepto justo- esté siendo interpretado y aplicado en forma no correcta, concretamente en el sentido fundamentalista o totalitario de «Estado anti-confesional» o «antirreligioso». Sucedió así con el nazismo y sucede aún en algún Estado comunista. Se comienza con una actitud de desprecio «agnóstico» («progresista» se dice) de la religión, considerada como fruto o causa de escaso desarrollo social y cultural. Se continúa permitiendo o incluso fomentando todo lo que pueda desarraigar la fe en el pueblo o desprestigiar a la autoridad religiosa: la Santa Sede y los obispos. Y se termina con la imposición de normas de propaganda ideológica y de educación escolar de contenido antirreligioso, anticristiano.
Siguiendo esa línea ideológica, se niega a los padres, o mejor dicho se les hace difícil de ejercitar, su derecho natural y quizás constitucional respecto a la educación religiosa que quieren para sus hijos. Al mismo tiempo, se obliga a todos los alumnos a recibir una educación que llaman «cívica» (o «social», «nacional», etc.) pero que en realidad es, en muchos puntos, contraria no ya sólo a la moral cristiana, sino a la misma moral natural y a la dignidad de la persona. Yo espero que ese abuso totalitario no suceda en España, como no sucede en Italia y otras naciones donde más del 80 por ciento de los padres desean -independientemente de su afiliación política- la libre educación católica de sus hijos en los centros públicos de enseñanza.
En España el Gobierno repite que tiene el deber de asegurar la «laicidad» de la educación pública: ¿Se trata verdaderamente de un deber constitucional y de un derecho?
Si no recuerdo mal en la Constitución se dice que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal, pero que las leyes públicas tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones. En esta perspectiva de auténtica laicidad se ha dicho que las leyes -también las de enseñanza- y las actuaciones del Gobierno tienen que favorecer el bien de todos los españoles y tienen que estar al servicio del bien común de todos los ciudadanos. Es una exigencia de justicia constitucional -y de derecho internacional respecto a la Santa Sede- que no se cumpliría si un gobierno de derechas o de izquierdas inspirase su actuación en un fundamentalismo laicista de ateísmo militante. Yo rezo para que no sea así y se pueda asegurar en mi patria un futuro de mutua colaboración entre el Estado y la Iglesia, un futuro de pacífica convivencia y de respeto entre todos los españoles.
Una última pregunta personal. Su lema como obispo y cardenal es «Domine, ut videam» («Señor, que vea»), la súplica del ciego de Palestina que da título a su último libro «En las afueras de Jericó»... ¿Por qué?
Hay varias razones de fondo, que quizás se puedan resumir en una sola: porque estoy convencido de que la felicidad verdadera ya aquí en este mundo consiste en recibir de Dios la luz necesaria para ver con los ojos del alma, y caminar con los pies en la tierra pero con la mirada en el Cielo.
La parroquia de los que nunca van a la Iglesia
Artículo de Ignacio Arechaga en www.aceprensa.com, servicio 42/07
miercoles 18 de abril de 2007
Es difícil ser un verdadero laicista en España. No tenemos esa cultura. Aquí hasta los no creyentes y los que echan pestes de la Iglesia quieren intervenir en la decisión de un obispo sobre el mantenimiento o el cierre de una parroquia. Lo hemos comprobado en estos días con el barullo mediático que se ha organizado por el hecho de que el arzobispado de Madrid haya decidido suprimir la parroquia de S. Carlos Borromeo en el barrio de Entrevías y destinar sus instalaciones a un centro de Cáritas para continuar el servicio a los pobres que allí se presta.
El cambio se ha presentado como una cacicada de un obispo conservador contra tres curas de vanguardia entregados a la ayuda a los marginados. Pero la decisión cuenta con el parecer favorable unánime del Consejo Presbiteral, órgano elegido en su mayoría por los sacerdotes de la diócesis. Un dato que prefieren olvidar los mismos que siempre lamentan la falta de estructuras democráticas en la Iglesia.
Pero no hay que pedir muchos matices en unas informaciones donde el cliché está servido: la Iglesia oficial contra la Iglesia de los pobres.
La realidad es que nadie ha negado la labor de asistencia social que se ha hecho allí. Es más, se desea continuar ese servicio bajo la dirección de Cáritas, y a los sacerdotes de la parroquia "se les ha pedido –según el comunicado del arzobispado– que continúen asumiendo las tareas de acogida, educación y atención social que se vienen prestando desde ese lugar".
Su nuevo estatus pasa a ser el apropiado para el servicio que allí se presta. Porque una parroquia es otra cosa. No puede ser una parroquia un templo sin sagrario ni altar, donde los curas celebran Misa en vaqueros y jersey con una liturgia rocambolesca, en la que se lee el Corán junto al Evangelio, que consagran rosquillas en vez de hostias, sin catequesis ni educación cristiana, ni administración de los sacramentos.
Lo más curioso de este asunto es que los medios y los personajes que más se quejan de la "injerencia" de la Iglesia en cuestiones temporales se hayan convertido de repente en defensores entusiastas de los curas de la parroquia en esta cuestión tan intraeclesial. Aquí funciona el conocido criterio de que el disidente de mi enemigo es mi amigo.
Un periódico tan laico como "El País" dictamina incluso en un editorial si importa o no decir Misa en ropa de calle y comulgar con rosquillas. Gente siempre interesada en combatir la influencia social de la Iglesia destaca ahora que la parroquia ha sabido identificarse con su entorno, y lamenta que pueda perderse ese gran arraigo. Otros que desde hace años no ponen los pies en un templo, acuden a una especie de Misa-mitin al grito de "no nos moverán". Como ha comentado Análisis Digital, "para atacar a la Iglesia algunos son capaces hasta de ir a Misa".
Se asegura que la Iglesia oficial es nostálgica, cuando las imágenes de la parroquia "roja" de Entrevías nos remiten a un pasado de principios de los años setenta, cuando en las parroquias de extrarradio se celebraban asambleas de sindicatos y partidos clandestinos, y algunos curas profetizaban que la Iglesia perdería el tren de la historia si no bautizaba al marxismo y la lucha de clases.
Probablemente esos que hoy defienden el "Evangelio según Entrevías" no se dan cuenta de que es una "parroquia" en vía muerta, anclada en una visión obsoleta de la misión de la Iglesia. Pero si realmente les preocupa que los pobres de la zona queden desatendidos, una respuesta verdaderamente civil y laica sería pedir que el Estado redoblara su asistencia social en la zona. Así, de paso, recobraría una influencia social hasta ahora acaparada, según parece, por unos curas.
A golpe de cliché
Pero lo que busca el ataque mediático no es mejorar los servicios sociales, sino utilizar el caso para desprestigiar a la Iglesia a golpe de cliché. Se alaba la dedicación de los curas de Entrevías a la labor con los marginados, como si en las demás parroquias no se atendiera a los pobres y Cáritas se dedicara a entretener a señoras con abrigo de pieles. Se presenta el caso como un episodio más en la lucha contra la teología de la liberación, aunque no consta que ninguno de los tres curas haya publicado jamás un libro.
Se opone una Iglesia oficial, preocupada por el formalismo de la liturgia, y una Iglesia de los pobres, donde el único culto importante es el servicio al marginado. Pero ¿es que los pobres no tienen derecho a que se celebre la liturgia con dignidad? La Madre Teresa de Calcuta, bien consciente de que obtenía de la Eucaristía la fuerza para servir a los pobres, tenía claras las prioridades: "Lo primero que llevamos a cada una de nuestras casas es un tabernáculo y un cáliz para la Misa", dice en "Mi vida por los pobres". "En las nuevas fundaciones, lo primero de lo que nos ocupamos es la capilla. Tiene que ser la mejor habitación de la casa, al ser para Jesús". En fin, otra monja formalista.
En otra época se decía que un español iba siempre detrás de un cura, con un cirio o con un palo. Ahora habría que añadir: o con una cámara de televisión. Pues en este pintoresco episodio los "pobres curas" de la parroquia han tenido a su disposición la riqueza de casi toda la artillería mediática, mientras que el "poderoso arzobispado" apenas encontraba espacio para explicarse. Y a uno le gustaría que la Iglesia fuera más rica en el aspecto informativo.
miercoles 18 de abril de 2007
Es difícil ser un verdadero laicista en España. No tenemos esa cultura. Aquí hasta los no creyentes y los que echan pestes de la Iglesia quieren intervenir en la decisión de un obispo sobre el mantenimiento o el cierre de una parroquia. Lo hemos comprobado en estos días con el barullo mediático que se ha organizado por el hecho de que el arzobispado de Madrid haya decidido suprimir la parroquia de S. Carlos Borromeo en el barrio de Entrevías y destinar sus instalaciones a un centro de Cáritas para continuar el servicio a los pobres que allí se presta.
El cambio se ha presentado como una cacicada de un obispo conservador contra tres curas de vanguardia entregados a la ayuda a los marginados. Pero la decisión cuenta con el parecer favorable unánime del Consejo Presbiteral, órgano elegido en su mayoría por los sacerdotes de la diócesis. Un dato que prefieren olvidar los mismos que siempre lamentan la falta de estructuras democráticas en la Iglesia.
Pero no hay que pedir muchos matices en unas informaciones donde el cliché está servido: la Iglesia oficial contra la Iglesia de los pobres.
La realidad es que nadie ha negado la labor de asistencia social que se ha hecho allí. Es más, se desea continuar ese servicio bajo la dirección de Cáritas, y a los sacerdotes de la parroquia "se les ha pedido –según el comunicado del arzobispado– que continúen asumiendo las tareas de acogida, educación y atención social que se vienen prestando desde ese lugar".
Su nuevo estatus pasa a ser el apropiado para el servicio que allí se presta. Porque una parroquia es otra cosa. No puede ser una parroquia un templo sin sagrario ni altar, donde los curas celebran Misa en vaqueros y jersey con una liturgia rocambolesca, en la que se lee el Corán junto al Evangelio, que consagran rosquillas en vez de hostias, sin catequesis ni educación cristiana, ni administración de los sacramentos.
Lo más curioso de este asunto es que los medios y los personajes que más se quejan de la "injerencia" de la Iglesia en cuestiones temporales se hayan convertido de repente en defensores entusiastas de los curas de la parroquia en esta cuestión tan intraeclesial. Aquí funciona el conocido criterio de que el disidente de mi enemigo es mi amigo.
Un periódico tan laico como "El País" dictamina incluso en un editorial si importa o no decir Misa en ropa de calle y comulgar con rosquillas. Gente siempre interesada en combatir la influencia social de la Iglesia destaca ahora que la parroquia ha sabido identificarse con su entorno, y lamenta que pueda perderse ese gran arraigo. Otros que desde hace años no ponen los pies en un templo, acuden a una especie de Misa-mitin al grito de "no nos moverán". Como ha comentado Análisis Digital, "para atacar a la Iglesia algunos son capaces hasta de ir a Misa".
Se asegura que la Iglesia oficial es nostálgica, cuando las imágenes de la parroquia "roja" de Entrevías nos remiten a un pasado de principios de los años setenta, cuando en las parroquias de extrarradio se celebraban asambleas de sindicatos y partidos clandestinos, y algunos curas profetizaban que la Iglesia perdería el tren de la historia si no bautizaba al marxismo y la lucha de clases.
Probablemente esos que hoy defienden el "Evangelio según Entrevías" no se dan cuenta de que es una "parroquia" en vía muerta, anclada en una visión obsoleta de la misión de la Iglesia. Pero si realmente les preocupa que los pobres de la zona queden desatendidos, una respuesta verdaderamente civil y laica sería pedir que el Estado redoblara su asistencia social en la zona. Así, de paso, recobraría una influencia social hasta ahora acaparada, según parece, por unos curas.
A golpe de cliché
Pero lo que busca el ataque mediático no es mejorar los servicios sociales, sino utilizar el caso para desprestigiar a la Iglesia a golpe de cliché. Se alaba la dedicación de los curas de Entrevías a la labor con los marginados, como si en las demás parroquias no se atendiera a los pobres y Cáritas se dedicara a entretener a señoras con abrigo de pieles. Se presenta el caso como un episodio más en la lucha contra la teología de la liberación, aunque no consta que ninguno de los tres curas haya publicado jamás un libro.
Se opone una Iglesia oficial, preocupada por el formalismo de la liturgia, y una Iglesia de los pobres, donde el único culto importante es el servicio al marginado. Pero ¿es que los pobres no tienen derecho a que se celebre la liturgia con dignidad? La Madre Teresa de Calcuta, bien consciente de que obtenía de la Eucaristía la fuerza para servir a los pobres, tenía claras las prioridades: "Lo primero que llevamos a cada una de nuestras casas es un tabernáculo y un cáliz para la Misa", dice en "Mi vida por los pobres". "En las nuevas fundaciones, lo primero de lo que nos ocupamos es la capilla. Tiene que ser la mejor habitación de la casa, al ser para Jesús". En fin, otra monja formalista.
En otra época se decía que un español iba siempre detrás de un cura, con un cirio o con un palo. Ahora habría que añadir: o con una cámara de televisión. Pues en este pintoresco episodio los "pobres curas" de la parroquia han tenido a su disposición la riqueza de casi toda la artillería mediática, mientras que el "poderoso arzobispado" apenas encontraba espacio para explicarse. Y a uno le gustaría que la Iglesia fuera más rica en el aspecto informativo.
El sentido ausente
Articulo de Ignacio Sánchez Cámara en la Gaceta de los Negocios,
lunes 16 de abril de 2007
Es tan viejo el diagnóstico de la decadencia de Europa que algún día llegará a cumplirse. Pero no parece que ese día haya llegado ya. Para los deterministas e historicistas, todo pronóstico termina por realizarse; sólo es cuestión de darle tiempo. Para quienes no somos progresistas ni reaccionarios (aunque nos resulte más verosímil la hipótesis de la edad de oro que la de la utopía final), ni pensamos que el futuro esté determinado, la decadencia de Europa es tan posible como evitable.
La clave estriba en evitar la superchería del progresismo. Pensar que cualquier novedad es, por sí misma, buena constituye la más peligrosa superstición. El progresista piensa que el futuro es aquello hacia lo que apunta su nariz. No considera la posibilidad de que su olfato se equivoque. Por eso, todo progresismo es decadente; porque nunca se detiene a pensar si avanza hacia la decadencia. La más extraña paradoja es que el progresismo se haya convertido en una tradición y un dogma: la tradición moderna por antonomasia. Nadie es hoy, entre nosotros, tan conservador como el que es progresista.
Cuenta Leszek Kolakowski la orden que un día escuchó en un tranvía de Varsovia: "¡Avancen hacia atrás, por favor!" Acaso sea esto lo que hacemos hoy en Europa: avanzar hacia atrás, progresar hacia la decadencia, en lugar de retornar al verdadero progreso, que es el del espíritu y la cultura superior.
Por reales y agresivas que puedan ser las amenazas exteriores, el mayor peligro de la cultura europea procede de ella misma. Como afirma MacIntyre, los bárbaros no aguardan al otro lado de nuestras fronteras, sino que se encuentran entre nosotros, llevan incluso algún tiempo gobernándonos. Y esta barbarie interior tiene su más profunda causa en la pretensión de elaborar una cultura en la que el sentido esté ausente.
El materialismo, el cientismo y el positivismo tienden a la exclusión del sentido; en cierto modo, se fundamentan en ella. Al abolir la filosofía, excluyen la búsqueda del fundamento y del sentido. Y al excluirlos, los niegan. Podemos así conocer la realidad (material) y describirla, pero, en ningún caso, desentrañar su sentido ni encontrar su fundamento. La única consecuencia posible es el nihilismo y la negación del espíritu.
El arte se convierte así en entretenimiento, experimento y autoexpresión, pero renuncia a expresar la realidad espiritual, que fue la tarea del gran arte europeo. Por no hablar de la ética, reducida al producto del consenso y a la búsqueda de una moral indolora y antiheroica. Vivimos una cultura, es un decir, muy perspicaz para la percepción de los valores inferiores y ciega para la visión de los superiores. En estas condiciones, la crítica de la decadencia resulta casi optimista, pues aún pretende poder evitarla. Hay ocasiones, quizá la nuestra sea una de ellas, en las que clamar contra la oscuridad del presente es una forma suprema de la esperanza. Y lo más ridículo es que una época sumida en las tinieblas se considere paradigma de la ilustración y depositaria de las luces.
En otro tiempo, éramos enanos a hombros de gigantes. Hoy, más bien parecemos tuertos guiados por un ciego. Invertimos el platónico mito de la caverna: elogiamos a los prisioneros y desdeñamos a los liberados.
En estas condiciones, sólo la filosofía, es decir, el saber acerca del sentido y el fundamento, puede salvarnos. Pero los enemigos, acaso inconscientes de serlo, de la cultura europea ya se las han apañado para que el genuino sentido de la filosofía casi haya desaparecido, para ser suplantada por lo que no lo es.
En este sentido, peor que la falta de filosofía es su suplantación por otras cosas, la pretensión de hacer pasar por filosofía lo que no lo es. Al parecer, dijo en una ocasión Ludwig Wittgenstein, después de haber escuchado una conferencia carente de interés: "Un mal filósofo es como un propietario de casas miserables. Mi trabajo es echarlo fuera del negocio". Entonces, la tarea de la filosofía quizá consista hoy en expulsar a los mercaderes del templo de Atenea, antes de emprender la misión de construir una filosofía a la altura del tiempo.
Mientras, vivimos como sonámbulos que se tambalean en un mundo del que se ha expulsado su sentido. Y no faltan quienes estiman que la más elevada sabiduría consiste en constatar su propia ceguera. Son fatuos que, en su soberbia, declaran que nada tiene sentido. Bien podría decirse de ellos que el vacío que creen ver en la realidad no es sino la proyección del vacío y el sinsentido que albergan en su interior. Se equivocan quienes piensan que es fácil oponerse al espíritu dominante en nuestra época. Si es dominante es porque tiene mucho poder. Y desalojarlo del poder, que ilegítimamente ocupa, es tarea que sólo pueden emprender espíritus heroicos, que estén dispuestos a hacerlo de una manera indirecta y oblicua.
Es preciso, como afirmó Wittgenstein, ponerse del lado del error para conducirlo hacia la verdad. Pues por nada siente el error más aversión que por la verdad. Para un espíritu educado, es decir, para un espíritu, toda cosa tiene sentido. Y todas las cosas, en su totalidad, tienen un sentido absoluto.
lunes 16 de abril de 2007
Es tan viejo el diagnóstico de la decadencia de Europa que algún día llegará a cumplirse. Pero no parece que ese día haya llegado ya. Para los deterministas e historicistas, todo pronóstico termina por realizarse; sólo es cuestión de darle tiempo. Para quienes no somos progresistas ni reaccionarios (aunque nos resulte más verosímil la hipótesis de la edad de oro que la de la utopía final), ni pensamos que el futuro esté determinado, la decadencia de Europa es tan posible como evitable.
La clave estriba en evitar la superchería del progresismo. Pensar que cualquier novedad es, por sí misma, buena constituye la más peligrosa superstición. El progresista piensa que el futuro es aquello hacia lo que apunta su nariz. No considera la posibilidad de que su olfato se equivoque. Por eso, todo progresismo es decadente; porque nunca se detiene a pensar si avanza hacia la decadencia. La más extraña paradoja es que el progresismo se haya convertido en una tradición y un dogma: la tradición moderna por antonomasia. Nadie es hoy, entre nosotros, tan conservador como el que es progresista.
Cuenta Leszek Kolakowski la orden que un día escuchó en un tranvía de Varsovia: "¡Avancen hacia atrás, por favor!" Acaso sea esto lo que hacemos hoy en Europa: avanzar hacia atrás, progresar hacia la decadencia, en lugar de retornar al verdadero progreso, que es el del espíritu y la cultura superior.
Por reales y agresivas que puedan ser las amenazas exteriores, el mayor peligro de la cultura europea procede de ella misma. Como afirma MacIntyre, los bárbaros no aguardan al otro lado de nuestras fronteras, sino que se encuentran entre nosotros, llevan incluso algún tiempo gobernándonos. Y esta barbarie interior tiene su más profunda causa en la pretensión de elaborar una cultura en la que el sentido esté ausente.
El materialismo, el cientismo y el positivismo tienden a la exclusión del sentido; en cierto modo, se fundamentan en ella. Al abolir la filosofía, excluyen la búsqueda del fundamento y del sentido. Y al excluirlos, los niegan. Podemos así conocer la realidad (material) y describirla, pero, en ningún caso, desentrañar su sentido ni encontrar su fundamento. La única consecuencia posible es el nihilismo y la negación del espíritu.
El arte se convierte así en entretenimiento, experimento y autoexpresión, pero renuncia a expresar la realidad espiritual, que fue la tarea del gran arte europeo. Por no hablar de la ética, reducida al producto del consenso y a la búsqueda de una moral indolora y antiheroica. Vivimos una cultura, es un decir, muy perspicaz para la percepción de los valores inferiores y ciega para la visión de los superiores. En estas condiciones, la crítica de la decadencia resulta casi optimista, pues aún pretende poder evitarla. Hay ocasiones, quizá la nuestra sea una de ellas, en las que clamar contra la oscuridad del presente es una forma suprema de la esperanza. Y lo más ridículo es que una época sumida en las tinieblas se considere paradigma de la ilustración y depositaria de las luces.
En otro tiempo, éramos enanos a hombros de gigantes. Hoy, más bien parecemos tuertos guiados por un ciego. Invertimos el platónico mito de la caverna: elogiamos a los prisioneros y desdeñamos a los liberados.
En estas condiciones, sólo la filosofía, es decir, el saber acerca del sentido y el fundamento, puede salvarnos. Pero los enemigos, acaso inconscientes de serlo, de la cultura europea ya se las han apañado para que el genuino sentido de la filosofía casi haya desaparecido, para ser suplantada por lo que no lo es.
En este sentido, peor que la falta de filosofía es su suplantación por otras cosas, la pretensión de hacer pasar por filosofía lo que no lo es. Al parecer, dijo en una ocasión Ludwig Wittgenstein, después de haber escuchado una conferencia carente de interés: "Un mal filósofo es como un propietario de casas miserables. Mi trabajo es echarlo fuera del negocio". Entonces, la tarea de la filosofía quizá consista hoy en expulsar a los mercaderes del templo de Atenea, antes de emprender la misión de construir una filosofía a la altura del tiempo.
Mientras, vivimos como sonámbulos que se tambalean en un mundo del que se ha expulsado su sentido. Y no faltan quienes estiman que la más elevada sabiduría consiste en constatar su propia ceguera. Son fatuos que, en su soberbia, declaran que nada tiene sentido. Bien podría decirse de ellos que el vacío que creen ver en la realidad no es sino la proyección del vacío y el sinsentido que albergan en su interior. Se equivocan quienes piensan que es fácil oponerse al espíritu dominante en nuestra época. Si es dominante es porque tiene mucho poder. Y desalojarlo del poder, que ilegítimamente ocupa, es tarea que sólo pueden emprender espíritus heroicos, que estén dispuestos a hacerlo de una manera indirecta y oblicua.
Es preciso, como afirmó Wittgenstein, ponerse del lado del error para conducirlo hacia la verdad. Pues por nada siente el error más aversión que por la verdad. Para un espíritu educado, es decir, para un espíritu, toda cosa tiene sentido. Y todas las cosas, en su totalidad, tienen un sentido absoluto.
Vigencia Social de la Religión
Artículo de José Luis Meilán, catedrático de derecho de la universidad de La Coruña, en la Voz de Galicia, viernes 6 de abril de 2007
La Semana Santa muestra la vigencia social de la religión. Las procesiones testimonian el misterio central de la fe cristiana, que culmina en la resurrección de Cristo crucificado. Para alguna corriente ideológica, la religión en la calle es un contrasentido; debería acantonarse en el reducto de lo individual privado. Una afirmación que escinde artificialmente la unidad de la persona. No es difícil descubrir debajo de la presuntuosa tolerancia de la religión en el espacio privado el intento de una suerte de extrañamiento social de personas porque creen en verdades absolutas. El relativismo se erige en dogma.
Ha llegado a sostenerse la incompatibilidad entre cristianismo y democracia. Kelsen ha ilustrado esa pretendida incompatibilidad en una obra laica sobre teoría del Estado, glosando el diálogo entre Jesucristo y Pilatos que relata el evangelio. El pretor pregunta qué es la verdad. No sabe qué es y como romano —añade el ilustre jurista— está acostumbrado a actuar democráticamente, por lo que se dirige al pueblo. El resultado de aquel singular plebiscito es conocido: se condena a Jesús, aunque es inocente.
Esa ilustración evidencia que la democracia no ha de considerarse como mera forma. Precisa de una referencia a valores objetivos, como los derechos fundamentales de la persona y su dignidad, reconocidos en declaraciones universales. La calidad de la democracia depende de la amplitud o estrechez de cómo se interpreten. En ese escenario el creyente cristiano opera con la naturalidad de lo que es propio y compartido. El necesario compromiso social, si impidiese la libertad de las conciencias, se convertiría en totalitarismo. Eso sí es incompatible con el cristianismo.
La fe cristiana no se impone. El devenir de la historia alecciona que aquélla no ha de fundarse sobre privilegios. Tampoco convertirse en un gueto. Compromete a sus seguidores a construir la ciudad terrena con sus conciudadanos, cualesquiera que sean sus creencias y convicciones, sin renunciar a las suyas, compartiendo solidariamente los avatares de la sociedad en la que está integrado. La apertura a la trascendencia refuerza la lealtad a los principios que vertebran una convivencia auténticamente democrática.
El laicismo occidental no defiende la legítima autonomía de las realidades humanas frente a presumibles teocracias. Se predica como la seudorreligión de un mínimo común ético, impuesto por la superestructura idealizada del Estado, que excluye cualquier otro fundamento. Se cercena así la libertad en lo más profundo del ser humano. Y la igualdad, que supone el reconocimiento de una naturaleza estable y permanente. Desde la virtualidad que posee la democracia puede aspirarse a enriquecer ese mínimo ético, que no ha de considerarse un pragmático mal menor.
La religión ha de valer para unir; no debería ser utilizada para separar. Con el pretexto del consenso social no es lícito arrumbarla.
La Semana Santa muestra la vigencia social de la religión. Las procesiones testimonian el misterio central de la fe cristiana, que culmina en la resurrección de Cristo crucificado. Para alguna corriente ideológica, la religión en la calle es un contrasentido; debería acantonarse en el reducto de lo individual privado. Una afirmación que escinde artificialmente la unidad de la persona. No es difícil descubrir debajo de la presuntuosa tolerancia de la religión en el espacio privado el intento de una suerte de extrañamiento social de personas porque creen en verdades absolutas. El relativismo se erige en dogma.
Ha llegado a sostenerse la incompatibilidad entre cristianismo y democracia. Kelsen ha ilustrado esa pretendida incompatibilidad en una obra laica sobre teoría del Estado, glosando el diálogo entre Jesucristo y Pilatos que relata el evangelio. El pretor pregunta qué es la verdad. No sabe qué es y como romano —añade el ilustre jurista— está acostumbrado a actuar democráticamente, por lo que se dirige al pueblo. El resultado de aquel singular plebiscito es conocido: se condena a Jesús, aunque es inocente.
Esa ilustración evidencia que la democracia no ha de considerarse como mera forma. Precisa de una referencia a valores objetivos, como los derechos fundamentales de la persona y su dignidad, reconocidos en declaraciones universales. La calidad de la democracia depende de la amplitud o estrechez de cómo se interpreten. En ese escenario el creyente cristiano opera con la naturalidad de lo que es propio y compartido. El necesario compromiso social, si impidiese la libertad de las conciencias, se convertiría en totalitarismo. Eso sí es incompatible con el cristianismo.
La fe cristiana no se impone. El devenir de la historia alecciona que aquélla no ha de fundarse sobre privilegios. Tampoco convertirse en un gueto. Compromete a sus seguidores a construir la ciudad terrena con sus conciudadanos, cualesquiera que sean sus creencias y convicciones, sin renunciar a las suyas, compartiendo solidariamente los avatares de la sociedad en la que está integrado. La apertura a la trascendencia refuerza la lealtad a los principios que vertebran una convivencia auténticamente democrática.
El laicismo occidental no defiende la legítima autonomía de las realidades humanas frente a presumibles teocracias. Se predica como la seudorreligión de un mínimo común ético, impuesto por la superestructura idealizada del Estado, que excluye cualquier otro fundamento. Se cercena así la libertad en lo más profundo del ser humano. Y la igualdad, que supone el reconocimiento de una naturaleza estable y permanente. Desde la virtualidad que posee la democracia puede aspirarse a enriquecer ese mínimo ético, que no ha de considerarse un pragmático mal menor.
La religión ha de valer para unir; no debería ser utilizada para separar. Con el pretexto del consenso social no es lícito arrumbarla.
lunes, 12 de febrero de 2007
El Gobierno de China reconoce que ha crecido el número de creyentes
Noticia en http://www.elpaís.com/ del corresponsal en china, josé reinoso, viernes 9 de febrero de 2007
El Gobierno chino ha reconocido por primera vez oficialmente que el número de personas que se definen como religiosas en el país asiático es mucho más alto de lo que se pensaba, como demuestra desde hace años el número creciente de fieles que acuden a los templos, iglesias y mezquitas.
Según un estudio sobre la espiritualidad en China elaborado por dos profesores de la Universidad Normal Oriental de Shanghai, la cifra de creyentes asciende a 300 millones, sobre una población de 1.300 millones, lo que representa tres veces el volumen registrado hasta ahora.
Según la investigación, las cinco prácticas religiosas aprobadas por el Gobierno -budismo, taoísmo, islamismo, catolicismo y protestantismo- agrupan al 67,4% de los creyentes. Las conclusiones han sido sacadas tras realizar una encuesta a 4.500 personas.
Liu Zhongyu, uno de los dos académicos que ha efectuado el trabajo, atribuye el papel ascendente de la espiritualidad a "la libertad religiosa de que disfruta el país y los problemas sociales a que tienen que hacer frente los chinos en un tiempo de rápidos cambios", según ha recogido la prensa local.
Pekín prohíbe el culto en iglesias que no estén autorizadas, e impide, por ejemplo, el uso de imágenes del líder tibetano, el Dalai Lama. Además, persigue a menudo a aquellos católicos que muestran abiertamente su obediencia al Papa y a la Iglesia de Roma, y encarcela a los seguidores del movimiento de inspiración budista Falun Gong. Este movimiento fue ilegalizado en 1997 y tachado de "culto diabólico", por el riesgo que suponía para la autoridad del Partido Comunista.
40 millones de cristianos
El estudio asegura que existen 200 millones de budistas, taoístas y personas que rinden culto a figuras legendarias como el Rey Dragón o el Dios de la Fortuna. También afirma que ha crecido el número de cristianos, que se sitúa en 40 millones. Según las cifras oficiales, eran menos de 10 millones a finales de la década de 1990 y 16 millones en 2005. Algunos expertos consideran que el número real de creyentes puede ser superior, ya que existen millones de fieles que asisten a las llamadas iglesias clandestinas (no autorizadas por Pekín).
Los profesores han detectado un fuerte auge de las creencias tradicionales chinas, y que los jóvenes se están volviendo hacia la religión. El 62% de quienes se declararon creyentes tiene entre 16 y 39 años. La publicación del estudio se produce cuando el Ejecutivo del presidente Hu Jintao ha hecho de la creación de "una sociedad armoniosa" el mantra de su mandato. El año pasado, Hu hizo pública una lista de "ocho honores y ocho vergüenzas" para intentar recuperar algunos de los principios y la moralidad perdidos por los excesos producidos durante la transición al capitalismo, en una sociedad en la que el culto al dinero se ha convertido en religión y la corrupción en un parámetro más de los negocios.
Cada vez más chinos acuden a los templos a quemar incienso, realizar reverencias y hacer ofrendas con las que lograr un buen negocio, pasar un examen o superar una enfermedad.
En China, religión, filosofía y vida espiritual constituyen un complejo entramado. Los chinos practican desde hace miles de años una serie de religiones, la más extendida de las cuales es la llamada religión tradicional china, que consiste en una mezcla de culto a los ancestros, budismo, taoísmo, confucianismo y creencias que están basadas en la mitología.
El Gobierno ha tenido históricamente una actitud hostil hacia la religión, pero la actitud de las autoridades se ha suavizado en la última década, durante la cual han sido reconstruidos muchos templos y han sido inauguradas nuevas iglesias, en un intento de sacar a los fieles de la clandestinidad.
El Gobierno chino ha reconocido por primera vez oficialmente que el número de personas que se definen como religiosas en el país asiático es mucho más alto de lo que se pensaba, como demuestra desde hace años el número creciente de fieles que acuden a los templos, iglesias y mezquitas.
Según un estudio sobre la espiritualidad en China elaborado por dos profesores de la Universidad Normal Oriental de Shanghai, la cifra de creyentes asciende a 300 millones, sobre una población de 1.300 millones, lo que representa tres veces el volumen registrado hasta ahora.
Según la investigación, las cinco prácticas religiosas aprobadas por el Gobierno -budismo, taoísmo, islamismo, catolicismo y protestantismo- agrupan al 67,4% de los creyentes. Las conclusiones han sido sacadas tras realizar una encuesta a 4.500 personas.
Liu Zhongyu, uno de los dos académicos que ha efectuado el trabajo, atribuye el papel ascendente de la espiritualidad a "la libertad religiosa de que disfruta el país y los problemas sociales a que tienen que hacer frente los chinos en un tiempo de rápidos cambios", según ha recogido la prensa local.
Pekín prohíbe el culto en iglesias que no estén autorizadas, e impide, por ejemplo, el uso de imágenes del líder tibetano, el Dalai Lama. Además, persigue a menudo a aquellos católicos que muestran abiertamente su obediencia al Papa y a la Iglesia de Roma, y encarcela a los seguidores del movimiento de inspiración budista Falun Gong. Este movimiento fue ilegalizado en 1997 y tachado de "culto diabólico", por el riesgo que suponía para la autoridad del Partido Comunista.
40 millones de cristianos
El estudio asegura que existen 200 millones de budistas, taoístas y personas que rinden culto a figuras legendarias como el Rey Dragón o el Dios de la Fortuna. También afirma que ha crecido el número de cristianos, que se sitúa en 40 millones. Según las cifras oficiales, eran menos de 10 millones a finales de la década de 1990 y 16 millones en 2005. Algunos expertos consideran que el número real de creyentes puede ser superior, ya que existen millones de fieles que asisten a las llamadas iglesias clandestinas (no autorizadas por Pekín).
Los profesores han detectado un fuerte auge de las creencias tradicionales chinas, y que los jóvenes se están volviendo hacia la religión. El 62% de quienes se declararon creyentes tiene entre 16 y 39 años. La publicación del estudio se produce cuando el Ejecutivo del presidente Hu Jintao ha hecho de la creación de "una sociedad armoniosa" el mantra de su mandato. El año pasado, Hu hizo pública una lista de "ocho honores y ocho vergüenzas" para intentar recuperar algunos de los principios y la moralidad perdidos por los excesos producidos durante la transición al capitalismo, en una sociedad en la que el culto al dinero se ha convertido en religión y la corrupción en un parámetro más de los negocios.
Cada vez más chinos acuden a los templos a quemar incienso, realizar reverencias y hacer ofrendas con las que lograr un buen negocio, pasar un examen o superar una enfermedad.
En China, religión, filosofía y vida espiritual constituyen un complejo entramado. Los chinos practican desde hace miles de años una serie de religiones, la más extendida de las cuales es la llamada religión tradicional china, que consiste en una mezcla de culto a los ancestros, budismo, taoísmo, confucianismo y creencias que están basadas en la mitología.
El Gobierno ha tenido históricamente una actitud hostil hacia la religión, pero la actitud de las autoridades se ha suavizado en la última década, durante la cual han sido reconstruidos muchos templos y han sido inauguradas nuevas iglesias, en un intento de sacar a los fieles de la clandestinidad.
sábado, 10 de febrero de 2007
Sobre la felicidad, la psicología positiva y la vida como sentido]. Algunas verdades de un gurú americano
Entrevista a martin seligman, director del centro de psicología positiva en filadelfia (EEUU), en http://www.elmundo.es/, sábado 10 de febrero de 2007
CARGO: Director del Centro de Psicología Positiva. Autor de 'La felicidad auténtica' / EDAD: 64 años / FORMACION: Doctor en Psicología por la Universidad de Pensilvania / CREDO: El potencial de la psicología para incrementar la felicidad individual y colectiva / AFICIONES: El 'bridge' y la jardinería / SUEÑO: Que los gobiernos potencien el nivel de satisfacción vital de los ciudadanos
A primera vista, Martin Seligman es un hombre serio, muy serio, de una seriedad casi inquietante. Buscamos en su despacho de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia algún objeto sonriente que sirva para aligerar la foto y romper el hielo, pero él mismo nos disuade diciendo que ése en un modo de «trivializar el mensaje», que prefiere mostrarse tal cual es, antes que decir «cheese» («queso») con una sonrisa engañosa y forzada. Luego resulta que sonríe, pero de un modo muy distinto a esa sonrisa facilona y superficial de sus paisanos. Sonríe seriamente o a la europea, por así decirlo. Lo hace con el rigor que cabe esperar de un científico que se ha empeñado en descomponer la esencia de la felicidad para poder medirla y multiplicarla. Durante gran parte de su carrera se dedicó a lo que la mayoría de los psicólogos: el estudio de los traumas, los trastornos y las miserias del ser humano. De la «desesperación» pasó al «optimismo», y de ahí a La Felicidad Auténtica (Ediciones B), que se convirtió en bandera de la psicología positiva, la rama más pujante de una ciencia renovada que él mismo impulsó como presidente de la American Psychological Association.
Pesimista y circunspecto por naturaleza, Seligman -64 años y siete hijos- confiesa haber encontrado la felicidad fluctuando entre un trabajo que le apasiona y una familia que le arropa, más la jardinería, las partidas de bridge por internet y el cuerpo a cuerpo con sus alumnos predilectos.
¿Se considere usted extremadamente feliz, muy feliz o bastante feliz?
Dejémoslo en bastante feliz...
Cuando al vaso está por la mitad, ¿lo ve medio lleno o medio vacío?
Digamos que soy un pesimista de nacimiento, pero, después de tantas años escribiendo sobra el optimismo, algo ha aprendido... Sólo una persona pesimista puede escribir seriamente sobre el optimismo.
“La felicidad no existe; sólo existen los momentos felices”. ¿verdadero o falso?
Parcialmente verdadero... Mucha gente identifica la felicidad con un estado transitorio. Las emociones positivas van y vienen, no duran mucho. Somos así, probablemente, como un producto de la evolución, que ha construido las emocionas positivas para que sean cambios momentáneos de nuestra trayectoria. Desde este punto de vista, la felicidad es una sensación fluctuante, compuesta de pequeños momentos. Pero si vamos a las
raíces más profundas de la felicidad, es mucha más fácil sostenerla durante un largo tiempo, e incluso durante toda la vida.
Salud, dinero y amor; ¿alteramos el orden?
Yo pondría el amor por delante. El dinero puede traer felicidad, pero, a partir de un cierto punto —en el que seguramente está el lector medio de su periódico—, más euros a fin de mes no van a servir de mucho. La salud es un factor sorprendente: salvo que estás muy gravemente enfermo, hasta el punto de no poder funcionar, no interfiere excesivamente en la satisfacción vital.
¿Podemos comprar la felicidad?
Bueno, eso es lo que Hollywood nos hace creer, y está muy arraigado en la cultura norteamericana, en contraste con la cultura europea... Digamos que la cara sonriente y el optimismo, la parte más superficial y aparente, son las contribuciones americanas a la psicología positiva. Mientras que la parte serio de la felicidad, la que tiene que ver con el propósito de la vida, es la herencia europea. Por eso me niego a posar junto a la típica sonrisa. Eso es, en todo caso, una caricatura de la felicidad. La felicidad es algo mucho más profundo y serio que un rostro sonriente.
¿En qué consiste la felicidad auténtica?
Lo que yo llamo felicidad auténtica es una sensación de felicidad duradera. Es un concepto tan amplio que lo mejor que podemos hacer para estudiarlo científicamente es descomponerlo... Digamos que existen tres tipos de vidas felices. La forma más rutinaria, con la que la mayoría de la gente identifica la felicidad, es la vida placentera, en la que el individuo busca lo que le gratifica y cultiva las emociones positivas. La segunda es la buena vida de Aristóteles, donde lo que cuanta es disfrutar con lo que haces, en el trabajo, en el amor o en el tiempo libre, hasta que te dejas absorber y eres uno con la que estás haciendo (la que mi colega Czikszentmihalyi llama la experiencia óptima o el estado de flujos). La tercera es la vida con sentido, en la que pones tu talento al servicio de otros, o formas parte de algo que es mayor que tú, una institución o grupo de gente comprometida en la misma causa... cada cual hade ser capaz de descubrir sus puntos fuertes y da alimentarlos en lo posible. Yo puntúo mucho más alto en la número dos y en la número tres, y eso compensa mi propensión al pesimismo. Cualquiera diría que la felicidad es algo tan personal que es imposible llegar a una definición universal, válida para todos... La noción de felicidad es tan vasta que pueda llevar a la desesperación si intentas estudiarle en bruto... A ello se han dedicado durante siglos la Filosofía y otras campos, pero es ahora cuando nos estamos acercando por fin e ella con rigor científico.
¿Se puede medir la felicidad como se pesa al pan?
Lo que hemos intentado desde la psicología positiva es descomponerla esencia de la felicidad en esos tres apartados que son más fáciles de medir y fortalecer por separado: las emociones positivas, la motivación y el sentido de la vida. Podemos medir con un test, por ejemplo, las 24 fortalezas personales (curiosidad, integridad, prudencia, autocontrol..). Podemos medir también el optimismo a la resiliencia de una persona (su capacidad para hacer frente e situaciones traumáticas).
¿Hasta qué punto llevamos le felicidad o la infelicidad en las genes?
Yo haría otra vez un esfuerzo para dejar el concepto genérico de felicidad de lado... Ahora bien, si me pregunta si las emociones positivas son hereditarias, le diré que hasta cierto punto sí. Por los estudios que se han hecha con gemelos, parece ser que heredamos hasta el 50% del bagaje emocional. En una palabra: nacemos predispuestas e ser más amenas optimistas, y eso es algo que no podemos evitar. Por mucho que reforcemos las emociones positivas, parece que nuestro radio de acción no va más allá del 15%. Hay otros estudios que demuestran cómo los ganadores de las loterías o las personas que sufren un grave accidente vuelven con el tiempo a su nivel previo de felicidad...
¿Cómo logramos, entonces, romper esa techo personal?
Las emociones positivas se pueden potenciar con herramientas como la meditación, la compasión, la gratitud, el humor... Pero una de las aportaciones más liberadoras de la psicología positiva es precisamente que no hay un único camino hacia la felicidad, que hay otros factores que importan tanta a más que un aspecto meramente emocional. El sentido de la vida no es una cosa que se herede, es más bien un rasgo funcional que depende del individuo, de sus decisiones, de las circunstancias que se he ida forjando. Si quieres incrementar tu nivel de felicidad, y no puedes ir mucho más allá en tus emociones positivas, seguramente puedas volcarte en algo que te apasione y te ayude a sentirte útil, y eso te ve a afectar a un nivel más profundo.
¿Se puede enseñar a un niño a ser más feliz?
Podemos enseñarle técnicas pare desarrollar el optimismo, de modo que sea más proclive e esperar resultados favorables en el futuro. Hemos demostrado que si un niño es capaz de aprenderlas a los 10 años, tiene un 50 % menos de probabilidades de caer en la depresión cuando llegue a la pubertad.. Uno de las esfuerzos más interesantes que estamos haciendo es el introducirle psicología positiva en las escuelas. El año que viene visitaré Australia con un equipo de 20 psicólogos para intentar introducir nuestras técnicas en el programa escolar. Este verano vendrán un centenar de profesores del Reino Unido a Filadelfia para aprender a enseñar optimismo a los niños de 13 años.
Y díganos, ¿es cierto que el matrimonio es una fuente de felicidad?
Si hacemos caso a las estadísticas, la gente casada tiene un nivel de satisfacción vital más alto que el de los solteros o los divorciados. Lo que no sabemos a ciencia cierta es si existe una relación causal. Le pregunta del millón es: ¿la gente más feliz se casa o es el matrimonio el que hace a la gente feliz?
Titular de una noticia de primera página: El 51% de las mujeres en Estados Unidos vive fuera del matrimonio, ¿cómo se interpreta este hecho?.
Cuanto mayores el nivel riqueza, más se tiende a levantar barreras en la vida personal. Hay razones para pensar que la privacidad y el aislamiento traen infelicidad. Hay también estudios que demuestran que cuanta menos gente tienes a tu alrededor, menos satisfacción vital posees. Los casos de amistad y de pertenencia a una comunidad están cada vez más rotos. Esa es posiblemente una de las razones por las que la depresión está tan extendida en los países industrializados. En situaciones de aislamiento la gente recurre a placeres instantáneos —como el alcohol la droga, el sexo—, como si fueran atajos. Pero a la felicidad no se llega por ahí: la felicidad es más bien un camino de largo recorrido.
¿Tener fe ayuda a ser feliz?
Ser religioso tiene un efecto moderado, y más que la fe, lo que ayuda es el sentido de unidad o de pertenencia a una institución que te protege.
¿Se es más feliz en la primera o en la segunda parte de la vida?
Lo primera parte de la vida es la lucha por saber quién eres, encontrar lo que te motiva, procurarte los medios. Esa lucha es apasionante, pero dolorosa, y suele aplacarse en la segunda parte de tu vida. En ese momento es cuando hay más espacio para el sentido y para el compromiso. Las subidas y bajadas de las emociones placenteras, tan importantes en la juventud, tienen menos importancia. Las estadísticas revelan que, al menos en el periodo histórico en el que vivimos, la gente mayor tiene más satisfacción vital que los jóvenes. Nadie sabe exactamente por qué.
Según sus investigaciones, vivir en una democracia rica es tal vez la circunstancia externa que más influye...
Vivir en una sociedad democrática está muy correlacionado con la satisfacción vital. La riqueza, sin embargo, lo es hasta cierto punto. Con los países ocurre como con la persones: una vez satisfechas las necesidades básicas, el dinero no contribuye necesariamente a la felicidad.
España, por cierto, hace el número 15 en el ranking mundial de felicidad que usted incluye en su libro...
Creo que la calidad de vida en España es bastante buena, por lo que pude comprobar en mi última visita. Pero le aseguro una cosa: en el punto de riqueza al que ha llegado España, cualquier aumento del PIB no va a producir un incremento de la felicidad... Me interesa mucho lo que ocurra en su país, y allí tenemos a gente como Carmelo Vázquez, ayudando a difundir el mensaje de la psicología positiva. Acabamos de estrenar nuestro portal en español (www.psicologia-positiva.com) porque estoy convencido que con el español, el inglés y el chino podemos llegar a medio mundo. España, Noruega y Reino Unido son los países europeos donde hemos tenido una respuesta entusiasta.
En el Reino Unido la felicidad se ha convertido en reivindicación política...
Sí, y ha tenido que ser curiosamente un líder del Partido Conservador, David Cameron, quien lo introduzca en su campaña. La idea es introducir un indicador comparable al Producto Interior Bruto y que sirva para medir la madurez, aunque vamos haciendo algunos dirían el bienestar de la población... En democracias prósperas prósperas y estables, como España o el Reino Unido, el electorado empieza a hacerse preguntas sobre qué es lo que merece la pena en la vida. Y los gobiernos tienen la responsabilidad no sólo de velar por el PIB, sino también por la felicidad de sus ciudadanos. La psicología positiva está trabajando mano a mano con los economistas para poder dar a los gobiernos una herramienta que les permita medir la satisfacción vital de la población
¿Y cómo replicaría a los que opinan que se trata de una corriente pasajera?
Cuando me eligieron presidente de la Asociación Psicológica Americana en 1996 expresé en público la necesidad de dar un volantazo a nuestra profesión: tenemos no sólo que ocuparnos de las enfermedades mentales, sino de la felicidad de la gente corriente. Las muestras de apoyo entre mis colegas fue enorme, y hasta cierto punta me sorprendió lo rápido que se aceptó la idea de la psicología positiva. El nuestro es un punto de vista nuevo, pero complementario y compatible con el que ya existía.
¿Dejaremos de mirar con recelo al psicólogo?
Yo creo que la percepción del psicólogo ha cambiado ya notablemente. En los viejos tiempos, cuando tomaba un avión y le revelaba mi profesión a mi compañero de viaje, su tendencia era la de salir corriendo a otra fila. Ahora noto que la gente se arrima a mi.
Háblenos de la contribución de su hija Nikki a la psicología positiva...
He escrito mucho sobre ese momento porque fue como una epifanía. Me encontraba en el jardín, escardando las malas hierbas, y mi hija bailaba a mi alrededor, y arrojaba las males hierbas al aire. Le grité que dejara de hacer eso. Se fue muy enfadada y a los pocos minutos volvió y me dijo: “Cuando cumplí los cinco años prometí no gimotear más y eso hice. En cambio tú, sigues siendo un gruñón”. Aquella observación se me quedó grabada y me hizo cambiar. Entendí que educar a un niño no consiste en corregirle constantemente, sino en apreciar sus puntos fuertes, y en alimentarlos todo lo posible. Me pregunté también si la principal contribución de la psicología podía ser también esa: ayudar a la gente a encontrar sus propias virtudes y a ser más felices.
¿La familia y el trabajo son sus mayores fuentes de felicidad?
Así es, pero para mí van muy unidos. Tengo siete hijos, dos de un matrimonio anterior, y tanto ellos como mi esposa, Mandy, han sido siempre un acicate en mis pesquisas. El trabajo y la familia fluyen libremente en mi vida: salto de uno a otro sin problemas. Trabajo desde casa muchas veces veces. A veces juego con los niños mientras intento escribir algo. El juego es para mí una dimensión muy importante porque te devuelve a ese estado de fluidez de cuando eras niño.
¿Alguna otra pasión en sus ratos libres?
La jardineria. Me puedo pasar horas con las plantas: me conecto con el mundo natural y es una manera de trasmitírselo también a los niños.
¿Sigue practicando la escuela en casa?
Las dos mayores tienen 15 y 17 años y ya se han incorporado al sistema escolar., Yo no voy haciendo proselitismo del homeschooling, pero en nuestro caso ha funcionado estupendamente. Mi esposa y yo somos profesores y disfrutamos compartiendo con ellos la aventura del aprendizaje, ¿por qué delegarlo en otros? Pero la razón principal por la que decidimos no escolarizar a los niños fueron mis viajes. Cuando me hicieron presidente de la Asociación Americana de Psicología estaba constantemente de aquí para allá: nos llevamos la familia a cuestas y aprovechamos los viajes para aprender sobre la marcha. Cuando estuvimos hace unos años en Madrid, visitamos El Prado y todos los grandes museos. Los niños se trajeron bien aprendida la lección de historia y arte español.
En el mundo sombrío en que vivimos tras él 11-S, ¿qué puede hacer la
psicología positiva para devolvernos el optimismo?-
Soy muy realista y no creo que tenga que ser usada para-distraernos sobre los problemas del futuro. Pero tampoco podemos caer en el error. Bin Laden es muy pequeño comparado con Hitler. En el siglo XX se ha derrotado al fascismo, aunque haya costado dos terribles guerras, y ésa es una buena medida para calibrar de lo que seremos capaces en este siglo... Hay que tener en cuenta un fenómeno muy curioso: el “bache del optimismo”. Tendemos a ser optimistas sobre nuestras propias vidas y pesimistas sobre la marcha del planeta Si preguntas a los estadounidenses cuáles son la posibilidades de una guerra nuclear en los próximos 10 años, te dicen que creen que del 50%. Si les preguntas qué esperan de sus vidas en ese mismo periodo de tiempo, el 80% contestará que confía en que las cosas vayan a mejor. Parece incompatible pero es así y ocurre en todo en el mundo.
CARGO: Director del Centro de Psicología Positiva. Autor de 'La felicidad auténtica' / EDAD: 64 años / FORMACION: Doctor en Psicología por la Universidad de Pensilvania / CREDO: El potencial de la psicología para incrementar la felicidad individual y colectiva / AFICIONES: El 'bridge' y la jardinería / SUEÑO: Que los gobiernos potencien el nivel de satisfacción vital de los ciudadanos
A primera vista, Martin Seligman es un hombre serio, muy serio, de una seriedad casi inquietante. Buscamos en su despacho de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia algún objeto sonriente que sirva para aligerar la foto y romper el hielo, pero él mismo nos disuade diciendo que ése en un modo de «trivializar el mensaje», que prefiere mostrarse tal cual es, antes que decir «cheese» («queso») con una sonrisa engañosa y forzada. Luego resulta que sonríe, pero de un modo muy distinto a esa sonrisa facilona y superficial de sus paisanos. Sonríe seriamente o a la europea, por así decirlo. Lo hace con el rigor que cabe esperar de un científico que se ha empeñado en descomponer la esencia de la felicidad para poder medirla y multiplicarla. Durante gran parte de su carrera se dedicó a lo que la mayoría de los psicólogos: el estudio de los traumas, los trastornos y las miserias del ser humano. De la «desesperación» pasó al «optimismo», y de ahí a La Felicidad Auténtica (Ediciones B), que se convirtió en bandera de la psicología positiva, la rama más pujante de una ciencia renovada que él mismo impulsó como presidente de la American Psychological Association.
Pesimista y circunspecto por naturaleza, Seligman -64 años y siete hijos- confiesa haber encontrado la felicidad fluctuando entre un trabajo que le apasiona y una familia que le arropa, más la jardinería, las partidas de bridge por internet y el cuerpo a cuerpo con sus alumnos predilectos.
¿Se considere usted extremadamente feliz, muy feliz o bastante feliz?
Dejémoslo en bastante feliz...
Cuando al vaso está por la mitad, ¿lo ve medio lleno o medio vacío?
Digamos que soy un pesimista de nacimiento, pero, después de tantas años escribiendo sobra el optimismo, algo ha aprendido... Sólo una persona pesimista puede escribir seriamente sobre el optimismo.
“La felicidad no existe; sólo existen los momentos felices”. ¿verdadero o falso?
Parcialmente verdadero... Mucha gente identifica la felicidad con un estado transitorio. Las emociones positivas van y vienen, no duran mucho. Somos así, probablemente, como un producto de la evolución, que ha construido las emocionas positivas para que sean cambios momentáneos de nuestra trayectoria. Desde este punto de vista, la felicidad es una sensación fluctuante, compuesta de pequeños momentos. Pero si vamos a las
raíces más profundas de la felicidad, es mucha más fácil sostenerla durante un largo tiempo, e incluso durante toda la vida.
Salud, dinero y amor; ¿alteramos el orden?
Yo pondría el amor por delante. El dinero puede traer felicidad, pero, a partir de un cierto punto —en el que seguramente está el lector medio de su periódico—, más euros a fin de mes no van a servir de mucho. La salud es un factor sorprendente: salvo que estás muy gravemente enfermo, hasta el punto de no poder funcionar, no interfiere excesivamente en la satisfacción vital.
¿Podemos comprar la felicidad?
Bueno, eso es lo que Hollywood nos hace creer, y está muy arraigado en la cultura norteamericana, en contraste con la cultura europea... Digamos que la cara sonriente y el optimismo, la parte más superficial y aparente, son las contribuciones americanas a la psicología positiva. Mientras que la parte serio de la felicidad, la que tiene que ver con el propósito de la vida, es la herencia europea. Por eso me niego a posar junto a la típica sonrisa. Eso es, en todo caso, una caricatura de la felicidad. La felicidad es algo mucho más profundo y serio que un rostro sonriente.
¿En qué consiste la felicidad auténtica?
Lo que yo llamo felicidad auténtica es una sensación de felicidad duradera. Es un concepto tan amplio que lo mejor que podemos hacer para estudiarlo científicamente es descomponerlo... Digamos que existen tres tipos de vidas felices. La forma más rutinaria, con la que la mayoría de la gente identifica la felicidad, es la vida placentera, en la que el individuo busca lo que le gratifica y cultiva las emociones positivas. La segunda es la buena vida de Aristóteles, donde lo que cuanta es disfrutar con lo que haces, en el trabajo, en el amor o en el tiempo libre, hasta que te dejas absorber y eres uno con la que estás haciendo (la que mi colega Czikszentmihalyi llama la experiencia óptima o el estado de flujos). La tercera es la vida con sentido, en la que pones tu talento al servicio de otros, o formas parte de algo que es mayor que tú, una institución o grupo de gente comprometida en la misma causa... cada cual hade ser capaz de descubrir sus puntos fuertes y da alimentarlos en lo posible. Yo puntúo mucho más alto en la número dos y en la número tres, y eso compensa mi propensión al pesimismo. Cualquiera diría que la felicidad es algo tan personal que es imposible llegar a una definición universal, válida para todos... La noción de felicidad es tan vasta que pueda llevar a la desesperación si intentas estudiarle en bruto... A ello se han dedicado durante siglos la Filosofía y otras campos, pero es ahora cuando nos estamos acercando por fin e ella con rigor científico.
¿Se puede medir la felicidad como se pesa al pan?
Lo que hemos intentado desde la psicología positiva es descomponerla esencia de la felicidad en esos tres apartados que son más fáciles de medir y fortalecer por separado: las emociones positivas, la motivación y el sentido de la vida. Podemos medir con un test, por ejemplo, las 24 fortalezas personales (curiosidad, integridad, prudencia, autocontrol..). Podemos medir también el optimismo a la resiliencia de una persona (su capacidad para hacer frente e situaciones traumáticas).
¿Hasta qué punto llevamos le felicidad o la infelicidad en las genes?
Yo haría otra vez un esfuerzo para dejar el concepto genérico de felicidad de lado... Ahora bien, si me pregunta si las emociones positivas son hereditarias, le diré que hasta cierto punto sí. Por los estudios que se han hecha con gemelos, parece ser que heredamos hasta el 50% del bagaje emocional. En una palabra: nacemos predispuestas e ser más amenas optimistas, y eso es algo que no podemos evitar. Por mucho que reforcemos las emociones positivas, parece que nuestro radio de acción no va más allá del 15%. Hay otros estudios que demuestran cómo los ganadores de las loterías o las personas que sufren un grave accidente vuelven con el tiempo a su nivel previo de felicidad...
¿Cómo logramos, entonces, romper esa techo personal?
Las emociones positivas se pueden potenciar con herramientas como la meditación, la compasión, la gratitud, el humor... Pero una de las aportaciones más liberadoras de la psicología positiva es precisamente que no hay un único camino hacia la felicidad, que hay otros factores que importan tanta a más que un aspecto meramente emocional. El sentido de la vida no es una cosa que se herede, es más bien un rasgo funcional que depende del individuo, de sus decisiones, de las circunstancias que se he ida forjando. Si quieres incrementar tu nivel de felicidad, y no puedes ir mucho más allá en tus emociones positivas, seguramente puedas volcarte en algo que te apasione y te ayude a sentirte útil, y eso te ve a afectar a un nivel más profundo.
¿Se puede enseñar a un niño a ser más feliz?
Podemos enseñarle técnicas pare desarrollar el optimismo, de modo que sea más proclive e esperar resultados favorables en el futuro. Hemos demostrado que si un niño es capaz de aprenderlas a los 10 años, tiene un 50 % menos de probabilidades de caer en la depresión cuando llegue a la pubertad.. Uno de las esfuerzos más interesantes que estamos haciendo es el introducirle psicología positiva en las escuelas. El año que viene visitaré Australia con un equipo de 20 psicólogos para intentar introducir nuestras técnicas en el programa escolar. Este verano vendrán un centenar de profesores del Reino Unido a Filadelfia para aprender a enseñar optimismo a los niños de 13 años.
Y díganos, ¿es cierto que el matrimonio es una fuente de felicidad?
Si hacemos caso a las estadísticas, la gente casada tiene un nivel de satisfacción vital más alto que el de los solteros o los divorciados. Lo que no sabemos a ciencia cierta es si existe una relación causal. Le pregunta del millón es: ¿la gente más feliz se casa o es el matrimonio el que hace a la gente feliz?
Titular de una noticia de primera página: El 51% de las mujeres en Estados Unidos vive fuera del matrimonio, ¿cómo se interpreta este hecho?.
Cuanto mayores el nivel riqueza, más se tiende a levantar barreras en la vida personal. Hay razones para pensar que la privacidad y el aislamiento traen infelicidad. Hay también estudios que demuestran que cuanta menos gente tienes a tu alrededor, menos satisfacción vital posees. Los casos de amistad y de pertenencia a una comunidad están cada vez más rotos. Esa es posiblemente una de las razones por las que la depresión está tan extendida en los países industrializados. En situaciones de aislamiento la gente recurre a placeres instantáneos —como el alcohol la droga, el sexo—, como si fueran atajos. Pero a la felicidad no se llega por ahí: la felicidad es más bien un camino de largo recorrido.
¿Tener fe ayuda a ser feliz?
Ser religioso tiene un efecto moderado, y más que la fe, lo que ayuda es el sentido de unidad o de pertenencia a una institución que te protege.
¿Se es más feliz en la primera o en la segunda parte de la vida?
Lo primera parte de la vida es la lucha por saber quién eres, encontrar lo que te motiva, procurarte los medios. Esa lucha es apasionante, pero dolorosa, y suele aplacarse en la segunda parte de tu vida. En ese momento es cuando hay más espacio para el sentido y para el compromiso. Las subidas y bajadas de las emociones placenteras, tan importantes en la juventud, tienen menos importancia. Las estadísticas revelan que, al menos en el periodo histórico en el que vivimos, la gente mayor tiene más satisfacción vital que los jóvenes. Nadie sabe exactamente por qué.
Según sus investigaciones, vivir en una democracia rica es tal vez la circunstancia externa que más influye...
Vivir en una sociedad democrática está muy correlacionado con la satisfacción vital. La riqueza, sin embargo, lo es hasta cierto punto. Con los países ocurre como con la persones: una vez satisfechas las necesidades básicas, el dinero no contribuye necesariamente a la felicidad.
España, por cierto, hace el número 15 en el ranking mundial de felicidad que usted incluye en su libro...
Creo que la calidad de vida en España es bastante buena, por lo que pude comprobar en mi última visita. Pero le aseguro una cosa: en el punto de riqueza al que ha llegado España, cualquier aumento del PIB no va a producir un incremento de la felicidad... Me interesa mucho lo que ocurra en su país, y allí tenemos a gente como Carmelo Vázquez, ayudando a difundir el mensaje de la psicología positiva. Acabamos de estrenar nuestro portal en español (www.psicologia-positiva.com) porque estoy convencido que con el español, el inglés y el chino podemos llegar a medio mundo. España, Noruega y Reino Unido son los países europeos donde hemos tenido una respuesta entusiasta.
En el Reino Unido la felicidad se ha convertido en reivindicación política...
Sí, y ha tenido que ser curiosamente un líder del Partido Conservador, David Cameron, quien lo introduzca en su campaña. La idea es introducir un indicador comparable al Producto Interior Bruto y que sirva para medir la madurez, aunque vamos haciendo algunos dirían el bienestar de la población... En democracias prósperas prósperas y estables, como España o el Reino Unido, el electorado empieza a hacerse preguntas sobre qué es lo que merece la pena en la vida. Y los gobiernos tienen la responsabilidad no sólo de velar por el PIB, sino también por la felicidad de sus ciudadanos. La psicología positiva está trabajando mano a mano con los economistas para poder dar a los gobiernos una herramienta que les permita medir la satisfacción vital de la población
¿Y cómo replicaría a los que opinan que se trata de una corriente pasajera?
Cuando me eligieron presidente de la Asociación Psicológica Americana en 1996 expresé en público la necesidad de dar un volantazo a nuestra profesión: tenemos no sólo que ocuparnos de las enfermedades mentales, sino de la felicidad de la gente corriente. Las muestras de apoyo entre mis colegas fue enorme, y hasta cierto punta me sorprendió lo rápido que se aceptó la idea de la psicología positiva. El nuestro es un punto de vista nuevo, pero complementario y compatible con el que ya existía.
¿Dejaremos de mirar con recelo al psicólogo?
Yo creo que la percepción del psicólogo ha cambiado ya notablemente. En los viejos tiempos, cuando tomaba un avión y le revelaba mi profesión a mi compañero de viaje, su tendencia era la de salir corriendo a otra fila. Ahora noto que la gente se arrima a mi.
Háblenos de la contribución de su hija Nikki a la psicología positiva...
He escrito mucho sobre ese momento porque fue como una epifanía. Me encontraba en el jardín, escardando las malas hierbas, y mi hija bailaba a mi alrededor, y arrojaba las males hierbas al aire. Le grité que dejara de hacer eso. Se fue muy enfadada y a los pocos minutos volvió y me dijo: “Cuando cumplí los cinco años prometí no gimotear más y eso hice. En cambio tú, sigues siendo un gruñón”. Aquella observación se me quedó grabada y me hizo cambiar. Entendí que educar a un niño no consiste en corregirle constantemente, sino en apreciar sus puntos fuertes, y en alimentarlos todo lo posible. Me pregunté también si la principal contribución de la psicología podía ser también esa: ayudar a la gente a encontrar sus propias virtudes y a ser más felices.
¿La familia y el trabajo son sus mayores fuentes de felicidad?
Así es, pero para mí van muy unidos. Tengo siete hijos, dos de un matrimonio anterior, y tanto ellos como mi esposa, Mandy, han sido siempre un acicate en mis pesquisas. El trabajo y la familia fluyen libremente en mi vida: salto de uno a otro sin problemas. Trabajo desde casa muchas veces veces. A veces juego con los niños mientras intento escribir algo. El juego es para mí una dimensión muy importante porque te devuelve a ese estado de fluidez de cuando eras niño.
¿Alguna otra pasión en sus ratos libres?
La jardineria. Me puedo pasar horas con las plantas: me conecto con el mundo natural y es una manera de trasmitírselo también a los niños.
¿Sigue practicando la escuela en casa?
Las dos mayores tienen 15 y 17 años y ya se han incorporado al sistema escolar., Yo no voy haciendo proselitismo del homeschooling, pero en nuestro caso ha funcionado estupendamente. Mi esposa y yo somos profesores y disfrutamos compartiendo con ellos la aventura del aprendizaje, ¿por qué delegarlo en otros? Pero la razón principal por la que decidimos no escolarizar a los niños fueron mis viajes. Cuando me hicieron presidente de la Asociación Americana de Psicología estaba constantemente de aquí para allá: nos llevamos la familia a cuestas y aprovechamos los viajes para aprender sobre la marcha. Cuando estuvimos hace unos años en Madrid, visitamos El Prado y todos los grandes museos. Los niños se trajeron bien aprendida la lección de historia y arte español.
En el mundo sombrío en que vivimos tras él 11-S, ¿qué puede hacer la
psicología positiva para devolvernos el optimismo?-
Soy muy realista y no creo que tenga que ser usada para-distraernos sobre los problemas del futuro. Pero tampoco podemos caer en el error. Bin Laden es muy pequeño comparado con Hitler. En el siglo XX se ha derrotado al fascismo, aunque haya costado dos terribles guerras, y ésa es una buena medida para calibrar de lo que seremos capaces en este siglo... Hay que tener en cuenta un fenómeno muy curioso: el “bache del optimismo”. Tendemos a ser optimistas sobre nuestras propias vidas y pesimistas sobre la marcha del planeta Si preguntas a los estadounidenses cuáles son la posibilidades de una guerra nuclear en los próximos 10 años, te dicen que creen que del 50%. Si les preguntas qué esperan de sus vidas en ese mismo periodo de tiempo, el 80% contestará que confía en que las cosas vayan a mejor. Parece incompatible pero es así y ocurre en todo en el mundo.
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